viernes 11 de enero de 2008

Balseros: carenar en Boca Ciega (V)

“Come, my head’s free at last! said Alice in a tone of delight, which changed into alarm in another moment, when she found that her shoulders were nowhere to be found: all she could see, when she looked down, was an inmense length of neck. which seemed to rise like a stalk out of a sea of green leaves that lay far bellow her”
Alice’s Adventures in Wonderland

“Mehr Licht!”
Goethe

Eran más de las doce cuando el camión de la grúa vino a sacarme de la playa. Llegó dando tumbos entre una hilera de pinos que franqueaban la entrada de Boca Ciega y aparcó a dos metros de donde estaba yo, hundido en la arena hasta la parrilla del medio, con el chasis completamente cubierto de algas podridas y la puerta rota. Las ampollas que el óxido abombaba aquí y allá y las magulladuras causadas por los arrecifes evidenciaban el rápido decaimiento del metal y me daban un aspecto de chatarra descontinuada y finalmente inservible. Varias partes de plástico se habían quebrado con los constantes vaivenes, una gaveta se había hecho añicos – los niños jugaban ahora con sus restos a palear la arena de la orilla – y otra estaba a punto de derretirse bajo el sol inclemente de los trópicos.

Pero de todo lo que más me inquietaba era la rajadura que descubrí en el fondo. Allí, entre la esquina izquierda y la derecha, había un tajo profundo y chapucero infligido en la carne del hierro por una mano invisible, durante una maniobra cuyo instante me resultaba imposible precisar. Como algunos de ustedes quizás recuerden, yo había permanecido inconsciente durante toda la última etapa de la fracasada travesía, y lo que sucedió entre la noche del lunes y el amanecer del miércoles, en la playa, eran tres páginas llenas de puntos suspensivos, la letanía borracha de algún sueño borroso, un espacio vacío que podríamos rellenar – como quien arma y desarma su rompecabezas más odiado – con las vicisitudes de cualquier naufragio…

El chofer de la grúa descendió de la cabina y se acercó a inspeccionarme. Luego de manosear en varios lugares y de hacer descender una cadena gruesa, volvió a arrancar el motor y accionó la palanca. Los ejes de las poleas crujieron al unísono implorando la compasión de una alcuza de aceite. El motor ronroneó como un felino con catarro, mientras la grúa empinaba su prepotencia fálica ante el grupo de bañistas que hacían ruedo para observar la escena.

- Mira, Nilo, ya se llevan el elevador – gritó un niño gordezuelo que se acercaba empanado en arena y escoltado por otros dos más chicos y menos gordos…
...
Fue entonces cuando sentí la punta del gancho desgarrar la carne…

El segundo tirón que dio el brazo de la grúa me arrancó el techo de cuajo, que se quedó dando vueltas en el aire como un boomerang, amenazando con volarle la cabeza a cualquier curioso que observara la maniobra desde muy cerca. – ¡Adios, techo, sé bueno, pórtate bien. Y no te olvides de escribirme! De esta, Gerald, no te salva ni el mecánico chino! – deliraba, con el chasis demasiado embotado para experimentar algún dolor. El chofer de la grúa parecía contrariado con el resultado de la maniobra. Entre sus planes no estaba el de sacarme a pedazos de mi sepulcro de arena.

Para el siguiente intento necesitó la ayuda de un cincel. Abrió un hueco por un costado de la nevera y fijó el gancho asegurándolo con un alambre. El motor volvió a rugir. Rugió y rugió mientras los eslabones se tensaban y el brazo de acero se curvaba sobre el peso del armatoste. Las ruedas de la grúa estaban ahora atascadas. De manera que al girar, lejos de conseguir desenterrarme, me lanzaban una nueva lluvia de lodo encima, hasta sepultarme completamente bajo tierra.
(cont...)

(...)


La pieza de arriba se titula "Embalaje con destino al MOMA" y fue presentada por Juan Suárez Blanco en la Expo de los refrigeradores "Manual de instrucciones".

viernes 4 de enero de 2008

Ángeles de Detroit


“Yankee Doodle went to town,
A-Riding on a pony;
He stuck a feather in his hat,
And called it macaroni.

Yankee Doodle, keep it up,
Yankee Doodle dandy;
Mind the music and the step,
And with the girls be handy!”


¡Esta es mi patria, Snaigé!

Exclamé sin saber cómo reprimirme la chispa del orgullo, junto a su perfil que ondulaba a mi derecha como en el agua de un sueño. Snaigé no respondió. Durante los próximos veinte minutos permaneció callado. Contemplaba abstraído el paisaje. Estábamos detenidos en el centro del mundo (si es que el mundo tiene un centro para que un refrigerador plante su base). La combinación de la luz y la brisa eran perfectas a esa hora. Seis de la tarde sobre un puente del río Detroit.

Las barcazas cabeceaban de regreso a los espigones. Y algunos yates recién se adentraban en el lago para pasear a una tropa desmelenada de turistas… Las lentes fotográficas hacían un ágil guiño al captar los encuadres. Y la tarde posaba complaciente sobre los edificios y los rostros.

Hacia el final del puente, una hilera de comercios se abría a nuestra derecha sobre el filo del muelle. Tomamos por ahí. Las chivichanas se deslizaban silenciosas sobre la calle a pesar del daño que el salitre debía haberle causado a los balines - que yo imaginaba a estas alturas mucho más cáncamos que aquellas bolas con que los niños del barrio jugaban a colar angollos en los placeres de la Luyano Celeste. Sólo más tarde comprendí esta y otras rarezas que se empecinaban en poblar mi memoria (como el olor punzante a algas podridas y la invasión esporádica de un agua arenosa dentro de la nevera). Por ahora todo nos parecía perfecto; y el tiempo demasiado breve para malgastarlo con sonseras. Poco importaba que las chivichanas se transformaran en minivanes o en limosinas mientras avanzábamos junto a la muchedumbre del boulevard de Hollywood y Snaigé bajaba la ventanilla para ver el espectáculo de los breakdancers, descoyuntando sus huesos sobre las aceras como espantapájaros tras un diluvio. Lo importante es que habíamos logrado nuestro propósito. Estábamos allí.

Esta es mi patria, Snaigé. Al fin llegamos, bolo. Abre los ojos. Mira. No te pierdas cada pequeño espectáculo que ahora mismo está andando tras las bisagras de esas puertas que enfilan a lo largo del puerto…. ¿Ves aquel pequeño bar… el de la esquina…? Parece un Oeste con las dobles hojas de sus puertas cortadas a la cintura, para que al hacer tu entrada triunfal las dejes bailando a tus espaldas, mientras la gente de la barra gira en sus asientos para reparar en tu presenciaVamos, bolo, entra ¿no te embullas?

Snaigé sonreía con parquedad. Desde afuera, podíamos oír la conversación animada que sostenían platos y cubiertos sobre las mesas de los restaurantes. Las cortinas delataban el lujo (o su carencia) en cada establecimiento. Y el jolgorio y la gritería, el origen proletario o clasemediero de sus parroquianos. Las copas de Merlot se deslizaban ebrias por la bandeja que transportaba una mano, durante su primera noche de oír insultos y contar propinas. En la barra, las jarras se levantaban para celebrar un espectacular touchdown en la pantalla de dos televisores. La concurrencia se animaba; la gritería crecía: – Go, Lions! Go! – Sir, do you want another beer? – Make that two, a Samuel Adams and a Budlight for my friend here! Long necks! This round is on me! No way! C’mon! – Snaigé y yo nos detuvimos, contagiados por el bullicio. Entreabrimos la puerta y nos dejamos invadir por el aroma que despedían las cervezas al espumar las garrafas. Todos los placeres de la vida se condensaron en un olor, en un segundo. Por un rato yo me quedé tratando de diferenciar el picor que dejarían en los pelos de la nariz una destilación oscura y una clara. Mr. Guinness me ganó el paladar y el corazón por amplio margen. Snaigé me hizo una señal y seguimos camino.

Nueve Harley Davidsons aparcaban a la entrada de un bar de mala muerte. Al descender de las motos las chaquetas de cuero se recortaban sobre hombros que lucían tatuajes: serpientes que se enroscaban en espirales y signos celtas, cabezas de pájaros prehistóricos cuyos picos se encajaban en las entrañas de bestias sangrantes, letras que en un estilo gótico reproducían alfabetos ininteligibles, y otros signos de alfabetos más inteligibles que rezaban I love you, mom, junto a un corazón rojo atravesado por un cuchillo; rostros de deidades monstruosas arrancadas a los muros de los palacios y pirámides de tribus amerindias; roscas de humo sopladas y herradas sobre la piel por pipas encendidas para ritos paganos… La cerveza volvía a animar las conversaciones de la barra. Si bien aquí las miradas eran más torvas; la alegría, reticente, y los diálogos estaban llenos de escupitajos y maldiciones. El primer puñetazo de la noche se cocinaba en el ambiente, mientras las bolas de billar se trababan a golpes por enviarse a un hoyo. Requiescat in pace.

… y hacia adentro vimos abrirse la ciudad como una sinfonía inacabable. Detrás quedaban los rascacielos del célebre Skyline de Detroit recostando sus sombras iluminadas sobre el río. Allí estaban el Renaissance Center y el Guardian Building, el Penobscot y el Cadillac Place, que luego de empujar el cielo doscientos metros hacia arriba, se cuadraban marciales a presenciar el descenso de los aviones. En el piso 39 de una torre del RenCen un ejecutivo de la General Motors apagaba la luz de su escritorio antes de volver a casa. En la oficina de al lado, el Jefe trataba de seducir a su secretaria convidándola a un trago y una función de cine. Ella dudó por un instante mientras él agitaba las entradas en una mano; luego recordó a la pequeña prole que esperaba su regreso, ensayó una excusa, agarró el bolso y tomó el ascensor hasta su auto. Las aspiradoras se encendieron y comenzaron a devorarse el polvo de las alfombras conducidas por manos morenas. La noche avanzaba a medida que nos adentrábamos por sus calles.

- ¿Qué pasa, bolo? Estás más silencioso que una tumba! Estás en el Brutal, en la Matria Facturanda, dime algo!

Snaigé volvió a sonreír. Parecía aturdido con toda la invasión de olores y sensaciones nuevas. A veces su perfil se me alejaba y volvía a ondular en la distancia de un recuerdo (sentí el frío de un pez grueso rozarme por un costado). Pero lo que más nos apabullaba a los dos eran las luces alrededor.

Pues la noche era una abigarrada confusión de reflejos y luces. Los cuerpos podían no existir - meros fantasmas merodeando el vacío -, pero sus reflejos y sombras eran incuestionables. Había luces que se apagaban, que se encendían, que pestañeaban intermitentes frente a los semáforos, que rebotaban contra los cristales de las vitrinas; luces que emitían un pitido rojo al leer el código de barra en las cajas registradoras de las tiendas; luces que iluminaban bulevares, teatros, avenidas, puertos, alamedas, callejones, zoológicos, hoteles; luces de neón que se alargaban sobre el frente de los comercios; luces que decoraban la estación con pancartas y muñecones floridos; luces que se encendían en las suelas de los tenis, en las pantallas de los televisores, en los teléfonos, en los relojes, en las manillas, en los aretes, en las llaves perdidas; luces alámbricas e inalámbricas, eléctricas y solares; luces rojas, verdes, grises, naranjas, moradas, fosforescentes, negras; luces que alumbraban narices al encender un cigarro, y otras rojas y azules que quemaban periódicos y calentaban cuerpos junto al río; luces de linternas policiales que precisaban las facciones del infractor antes de extenderle una multa; luces que llameaban en las fábricas al fundir los metales y derretir los plásticos; luces con olor a caucho y a jabón (más bien a cloro), a palomitas de maíz y a algodón de azúcar; luces que reverberaban como un calidoscopio sobre mi puerta mientras el taxi avanzaba por las concurridas calles del Downtown. Luces que caían intensas sobre la multitud de un estadio de baloncesto.

… Era el óvalo del Cobo Arena. Adrian Dantley acababa de anotar una canasta de tres puntos y los Pistones ganaban ahora 74 a 72 frente a Los Lakers. Snaigé y yo disfrutábamos, en primera fila, del partido.

… yo no podía creerlo. Era mi sueño de siempre: ver en primera fila a los Pistones enfrentando a cualquier equipo grande de la NBA. No pensé que alguna vez podría lograrlo – me decía mientras la pelota aplastaba los cachetes contra el suelo conducida por el Magic Johnson a lo largo de la cancha. El público animaba desde las gradas. Gritaban: ¡Defense! ¡Defense! Los pistones regresaban veloces a realizar sus marcajes defensivos. Un jugador pasó tan cerca de mí que el sudor escapado de su sobaco me salpicó la puerta como una ráfaga de salitre. El Magic Johnson hizo un pase largo y casi perfecto (en los televisores de casa la cámara lenta detallaría mucho mejor la parábola que realizó la pelota de mano a mano); el atacante de los Lakers abrió los ojos y la boca como un caníbal rapado al atrapar el balón en el aire y golpear a la defensa con los codos (¡El árbitro no vio la falta! ¡Qué horror! Arbitro texano, fuera!!!); luego hubo una pantalla, un par de buenas fintas, un medio giro que burló dos defensas, un salto, una clavada (Dunk!) y el juego quedaba empatado 95 a 95.

La algarabía era ensordecedora. El tipo sentado a mi lado, en medio del nerviosismo, me abrió la puerta y sacó una lata de diet coke. El sonido metálico del descorche se repitió como un eco por todo el terreno. El director de Los Pistones había pedido un tiempo técnico para replantear su estrategia de juego, receso que el público aprovechó para rellenarse las bebidas, y entretener las manos y las muelas. Las coca colas y las pepsi colas se dispensaban por galones; las pergas eran de 64 onzas; las hamburguesas de media libra; y las pizzas de pepperoni eran discos voladores que las familias y grupos de amigos desarmaban y deglutían en el aire antes de que las bandejas acabaran por reposar sobre el brazo de un asiento. El queso mozzarella corría por las barbillas y el pepperoni y la pimienta roja manchaban las narices y algunas frentes. El juego seguía.

dribbling, dribbling, dribbling, pase, dribbling, salto, pantalla, penetración, pistones, lakers, dribbling, salto, 102 a 105, algarabía, ¡más coca cola, más pizza, más pepsi, más canastas! Go Pistons! La ola humana enardecida con el desenvolvimiento del juego al levantarse de sus sillas lanzaba mi balsa contra la costa. El murmullo de la noche crecía sobre mi cabeza; la imagen de Snaigé seguía ondulando, y los gritos del público ahora me llegaban como a través de un embudo. La cara del tipo a mi derecha se alargaba y deformaba hasta adoptar la forma de una S. Los pistones ya no enfrentaban a los Lakers de Los Ángeles, sino a los Celtas de Boston y el público se había adornado la cabeza con pelucas de algas verdes y cobos marinos para animar el juego. ¡Go Celtics! – gritaba Snaigé. El bolo finalmente abría la boca. Había permanecido callado desde que atracamos en Michigan (Detroit) y nuestras balsas dejaron de ser chivichanas para transformarse en limosinas, al salir del agua. El gran óvalo del estadio de pronto se ladeo como una bandeja sobre el hombro de un mesero borracho y puso nuestras jarras de Guinness a la altura de las luces que iluminaban el terreno. La otra mitad del óvalo se hundió en la arena de la cancha mientras por el centro corrían los jugadores conduciendo el balón y perseguidos por una tropa de cangrejos. Michael Jordan clavó la última canasta de la jornada. El partido terminó. Los chicago Bulls ganaban por tres puntos. El público se dispersó. Las luces del estadio se apagaron. La noche se extendió de Norte a Sur como la carpa de un viejo circo. Y un agua arenosa vino a envenenarme nuevamente la nevera con su viento sucio y su resaca intermitente.

lunes 10 de diciembre de 2007

Balseros: parque de invierno


IV

Lo que vino luego no fue como en las películas. No. En las películas hay una escena parecida, pero con algunas diferencias en la escenografía y el guión que son cruciales. (Habría que considerar, además, varias cuestiones de edición y de sonido, de diseño de luces y sutiles efectos especiales, pero el tiempo ahora no nos da abasto) Digamos, para abreviar, que alguien se está cayendo de un edificio de catorce plantas. Es una muchachita de 16 o 17 años que tiene cara de actriz de cine. Lleva una saya a cuadros hasta la rodilla y una blusa de cuello bordado que se triangula en torno a un crucifijo. Un mechón delgado de pelo le cae sobre la frente y le hace cosquillas en la punta de la nariz. La muchacha lo sopla con la mitad de la boca y sigue caminando, con los brazos en cruz, por el alero del catorce plantas. (La escena debe despertar en el espectador una sensación de vértigo moderado).

Su destino es la acera. Lo sabemos. Es sutilmente obvio. Aun cuando ella se esmera en engañarse y engañarnos. Cuando llega a cada ángulo del techo sus pies trazan una diagonal para esquivar el vacío; para buscar apoyo en la teja siguiente. Palpa el vacío, pero no hunde las sandalias en él. No se decide. Coquetea puerilmente con la muerte. Le acerca los labios, pero no la besa. Se contenta con respirar su aliento cargado, a pocos centímetros de su rostro. Nosotros no entendemos bien lo que sucede en la cabeza de esta joven. Conocemos su plan. (Es obvio, ya lo he dicho). Pero no sabemos lo que la motiva a realizar el acto. (Entramos al cine con la película ya comenzada y la acomodadora nos hacía señales para que nos sentáramos e hiciéramos silencio lo antes posible. Un señor gordo protestó cuando tuvo que encoger las rodillas para abrirle paso a un refrigerador). Nosotros no entendemos. Y esto importa poco después de dos o tres movimientos de la cámara. Sobre la pantalla del cine el rostro de la adolescente es gigantesco. Adentro de su ojo ruedan, a 24 tomas por segundo, las escenas finales. El camarógrafo ni siquiera necesita enfatizarlo.

En un descuido, la joven se resbala y se queda colgando con ambos brazos del alero. Sus manos pierden fuerza rápidamente. No somos ella, pero no es necesario serlo para sentir que sus falanges se debilitan y ceden, que los huesos de sus dedos, al tener que aguantar todo el peso del cuerpo, se reblandecen como una gelatina. Una mano pierde el agarre y la heroína (que a esa categoría la ha ascendido ya la inminencia de su muerte en nuestros corazones) se queda pendulando de un solo hombro. (Hay un gritico en la sala en este instante). Un pájaro viene a posarse en el muro de la azotea. La joven dirige la vista hacia abajo e intuitivamente calcula la distancia que separa su cuerpo de la acera: segundo y medio de caída libre.

La muerte sube entonces a encararla. La mira, la olfatea, se le cuela por un orificio de la nariz como un insecto horrible. Se esparce como una niebla por el cerebro. La joven, ahora que cree que la ha visto, no la desea más. Todos sus pensamientos suicidas se evaporan en el acto y todas las energías que momentos antes aplicaba a la idea de morir se trasmutan en impulsos de supervivencia. La heroína se balancea e intenta asir el alero con el brazo que quedó libre. Inútil su empeño. Sólo consigue que la mano que todavía está asida al edificio se vaya resbalando lentamente. Los dedos se despiden del cemento uno por uno (meñique, índice, anular), como si retiraran el acorde que acaban de pulsar en el órgano fúnebre de una iglesia. El cuerpo se prepara a caer. La mano se suelta. El público salta en sus asientos. Las madres le tapan la cara a sus hijos para que no vean la escena que viene a continuación, para que se pierdan el momento justo en que otra mano velluda y de recias muñecas baja del cielo para agarrar el brazo de la joven y salvarla de un suicidio involuntario. El muchacho velludo era el vecino del piso ocho, quien había espiado a la adolescente desde que salió del baño desnuda, hasta que se trepó en la azotea con la sayita a cuadros, las sandalias y la blusa bordada.

Así ocurre, generalmente, esta escena en el cine. En muchos casos se introducen algunas variaciones (el pájaro no se posa en el muro de la azotea, por ejemplo), pero la esencia es siempre la misma: una mano que rescata la otra mano en el momento justo de la caída.

No fue esto lo que pasó aquella noche cuando Snaigé se hundió en el agua finalmente. Su balsa se desplomó de golpe y el amasijo de algas, peces y metales en que ya se había convertido se vino abajo como el ancla de un velero. Imagino que yo traté de extenderle un brazo y él, instintivamente, reaccionaría imaginando que me tendía el suyo. La ausencia de dos manos se enlazarían, de un modo fantasmal, en el vacío. Yo le ayudaría a subir sobre mi balsa (es decir, lo rescataría) y no vería el momento en que su techo se despedía de mí, cayendo a las profundidades de la bahía, sin prisas ni remedios, escoltado por un cortejo de peces y la marcha ondulante de una morena.

Desde el fondo, Snaigé me miró por última vez con ese rostro cautivo y la mirada perdida que son tan característicos en los refrigeradores rusos: unos destellos más o menos opacos o brillantes de luz sobre la superficie de un cuadrado. Mientras descendía, el mar comenzó a crujir. Parecía que hubiera un terremoto debajo del agua. Se escuchó un estruendo terrible, como una avalancha de nieves y cristales. O una jauría de témpanos golpeando la tierra. El mismísimo faro del Morro cimbró desde sus cimientos. Con el estrépito, una de sus luces se vino abajo y se hizo añicos al impactarse contra las rocas. Un oficial de La Cabaña observó la hora que marcaba su reloj para comprobar que la ceremonia del cañonazo se había llevado a término dos horas antes. El ojo del faro siguió rotando con una luz de menos sobre los perfiles de la noche.

Sin comprender todavía lo que pasaba, yo sentía que de un momento a otro me iba a desmayar. Estaba experimentando un serio bajón de voltaje. Me di cuenta al chequear las baterías. Estaban rojas y a punto de reventarse. Snaigé todavía estaba conectado a ellas y por alguna razón las estaba consumiendo a toda velocidad.

Parece que el bolo se quiso despedir de este mundo con un último alarde de sus capacidades frigoríficas. En su camino al fondo, giró al máximo el termostato y trató de congelar las aguas del océano. Cuando la última molécula de agua crujió su piel al transformarse en sólido, el mar en frente de la bahía quedó convertido en un inmenso parque de invierno. Algunas olas fueron atrapadas en un gesto de furia. Y los peces, tras el cristal, parecían adornos de plástico o de yeso, expuestos en una vitrina de la Manzana de Gómez.

Las baterías del Chevrolet estaban prácticamente descargadas. Antes de perder la consciencia, las últimas imágenes que retuve era mi cuerpo deslizándose por una llanura de hielo, rumbo al Norte.

...

La pieza de arriba se titula "A los caídos en el sagrado cumplimiento del deber" y fue presentada por Vicente Rodríguez Bonachea en la Expo de los refrigeradores "Manual de instrucciones".

miércoles 5 de diciembre de 2007

Balseros: la redada


III

La redada duró toda la noche. Los helicópteros caían como moscas sobre las balsas y embarcaciones pesqueras y arrestaban a todo aquel que les pareciera sospechoso. Los que no parecían sospechosos eran igualmente detenidos y puestos en prisión; pues los jefes de la operación, después de mucho deliberar y consumir, al menos, dos cajas de cigarrillos, concluyeron que esa falta de “sospechas” era en sí misma algo sospechosa (“sospechosísima” – exclamaría en tono grave el Coronel Valeverde golpeando con el puntero sobre un mapa de la ciudad), y no estaban dispuestos a dejar que un grupo de criminales se le escapara de las manos a la justicia revolucionaria y llegara a los Cayos surfloridanos por falta de previsiones o por un error de estrategia militar.

Las patanas y lanchas guardacostas atracaban constantemente en los espigones de Regla y Cojímar y escupían a los detenidos por la borda. De ahí eran montados en camiones y conducidos a los centros de detención para un interrogatorio. Chirona se dio banquete aquella noche. El Código Penal vigente establecía penas de hasta tres años por “intento de salida ilegal del país”. Cornudo y apaleado era el cartel que el Estado colgaba de las espaldas de todo aquel que fuera agarrado en la intentona. Muy pocos libraban.

Durante los interrogatorios a los acusados se les hacía particularmente difícil demostrar su inocencia. La mayor dificultad radicaba en la diferencia tan sutil que existía entre una embarcación destinada a la pesca del robalo o de la aguja y otra cuyo turbio propósito fuera navegar las corrientes del Golfo. La verdad es que los balseros cubanos tampoco ponían de su parte, desconcertando constantemente a las autoridades con la idea de que cualquier artefacto que flotara (o susceptible de hacer que flotase) podía ser empleado para tal empresa: desde el techo de una guagua, pasando por los tanques de agua de una azotea, o un bastidor de bambúes, hasta aquellos célebres camionautas que cruzaron el Estrecho con las luces encendidas y tocando el claxon – dicen que para ahuyentar a los tiburones – en tardes sin dudas más gloriosas.

¿Alguien se tiraría al mar en un refrigerador? Se preguntaba más de un guardacostas al toparse con nuestras balsas. Pero como no veían a alguien adentro de la embarcación nos dejaban flotar a la deriva.

Con todo el jelengue, Snaigé y yo no avanzábamos al ritmo que hubiéramos deseado. De hecho, estábamos retrocediendo lentamente hacia la costa. El oleaje que levantaban las lanchas y los helicópteros con su patrullaje nos mantenía atrapados dentro de la bahía. Parecía imposible rebasar el cuello de botella de aquella bolsa de tierra, que Dios había tallado en el lado norte de la ciudad para que los habaneros y sus visitantes la rellenáramos, poco a poco, con nuestras inmundicias, nuestro chapapote y viejos orines.

Los percances de Snaigé comenzaron a ser mucho más graves. Una vez que el mar se zampó el plastón de mierda que le colgaba de la puerta, los moluscos volvieron a asediarlo. Un sábalo de al menos veinte libras, cansado de nadar y deseando una siesta, se acomodó en el agua de una de sus gavetas. Varios cangrejos treparon hasta el congelador para deslizarse por las pendientes del hielo. Una morena se ovillo sobre su techo y bostezó. Al cabo de veinte minutos de asedio marino, Snaigé transportaba una tripulación mucho más pesada que lo que su balsa podía sostener. El bolo se iba a pique. Su chivichana se hundía. El mar lo reclamaba desde su vientre lóbrego.

En ese momento nos acordamos de Flipper y de Bud, del perro Furia y de la programación televisiva de aquel verano. Snaigé deliraba y ya empezaba a convertir en un edén su pasado reciente en tierra firme. Me culpaba a mí por haberlo sonsacado con el proyecto de abandonar el paraíso que el Gran Señor de los Metales le habría asignado a él para consumir sus años jóvenes y, probablemente, para pasar en santa paz su vejez venerable. En medio de su delirio llamaba a su oscuro rincón en la cocina de los Casanovas “la Luyanó Celeste”, “la patria de Ubre Blanca”. Yo trataba de darle nuevos bríos, mientras pensaba en un artilugio para aligerar el peso de su embarcación.

martes 27 de noviembre de 2007

Balseros


II

(un encuentro cercano)

Una escalera de soga se desovilló sobre mi techo y columpió una bota que hacía esfuerzos evidentes por equilibrarse en el vacío. Después de bajar varios peldaños, el soldado dirigió la vista a la cabina y con el brazo extendido le indicó al piloto que moviera el helicóptero ligeramente hacia la derecha. El piloto maniobró la palanca con precisión de geómetra. Cuando la aeronave estuvo completamente perpendicular sobre la balsa, el soldado le dio el ok al conductor (índice y pulgar se cerraron en un anillo) y volvió a aferrarse de la escalera con ambas manos; a tiempo para que el ramalazo de la ola no lo lanzara de cabeza al mar. Su cuerpo se retorció en el aire como una lombriz en un anzuelo.

Saltó. Un movimiento de cachumbambé puso mi lado de la balsa medio metro sobre el nivel del mar. En la otra punta de la embarcación estaba el soldado, hundido en el agua de la cintura para abajo y agarrándose de la batería de Chevrolet para no resbalarse. Cuando la balsa se estabilizó, el soldado se paró con un nuevo salto y caminó hacia mí empuñando una linterna. Yo apagué el bombillo de adentro y detuve el motor, como si tratara de no respirar.

- Qué raro! Hubiera jurado que este refrigerador estaba encendido.

Dijo mientras me inspeccionaba por dentro palmo a palmo. Las gavetas del fondo, sus tapas de plástico (por las que pasó la mano para sacudir unas boronillas de pan del día anterior), la primera parrilla, la segunda, la gavetica debajo de la nevera (todavía olía a embutido), el termostato, la brújula, el congelador, el depósito de la mantequilla, el de los huevos ¿la brújula…? El ojo de luz regresó al punto donde segundos antes intercambiaba un guiño con una rosa de los vientos. El soldado puso cara de turbación ante su hallazgo. No alucinaba, no. Allí, bajo el congelador y al lado del termostato había una brújula cuya aguja imantada marcaba el Norte en ese justo instante. El recluta me cerró la puerta con sigilo, como si temiera que yo lo fuera a morder. Algo en mí le parecía monstruosamente fuera de orden. Me pasó la luz por los alambres de la espalda y continuó moviendo la linterna, muy despacio, por el cable de la corriente, en dirección a la batería.

Para acrecentar más la tensión, me di cuenta que no podría seguir por mucho más tiempo con el motor parado, sin correr el peligro de desmayarme. Sentía cómo el freón se me paralizaba por los tubos. Todo por dentro se me comprimía. La pulsión nerviosa viajaba a una velocidad supersónica por el cable de la electricidad; y al llegar a la batería se detenía en sus terminales para mendigar, con cada delgadísimo pelo de cobre, una mínima dádiva en vibrantes voltios. Estaba a punto de estallar o de apagarme por tiempo indefinido. De continuar en ese estado podría incluso sufrir una rotura grave.

Una ráfaga de viento le desencasquetó la gorra al recluta y se la llevó dando vueltas por el aire como un disco de playa. El muchacho hizo un gesto inútil por retenerla. A sus pies el mar comenzaba a picarse más y más. Se agachó para inspeccionar la batería del chevrolet. Notó que estaba tibia. Supongo que por eso no le quitaría la mano de un costado. La palpaba con cautela. Debió percatarse de que todavía estaba viva, de que contra sus paredes interiores se estrellaban sus ácidos, en una perpetua ebullición. Me parecía claro que el muchacho, de algún modo oscuro, comprendía lo que estaba pasando; que era cuestión de minutos antes de que se comunicara por la radio y diera órdenes de que trajeran una grúa.

Por eso me desconcertó tanto verlo trepar por la escalera y regresarse al helicóptero como si nada extraño hubiera visto. El haz de luz de la linterna encandiló la balsa de Snaigé a mitad de su ascenso. Antes de que el helicóptero se alejara escuché los retazos de un último breve diálogo:

- Bueno y qué, nagüe, ¿viste algo extraño por allá abajo?
- Na’, un pedazo’e lata que alguien botó.
- ¿Y no encontraste nada pa’ llevar pal albergue?
- Un par de huevos. Ten cuidado no los rompas que están fresquitos.

sábado 24 de noviembre de 2007

Litoral

Aprovecho que nuestra tripulación se encuentra atrapada en la Bahía de la Habana para compartir estas fotos del baúl del Gerald.

La primera es quizás una de las tomas más antiguas (segunda mitad del XIX) que se conserva del litoral visto de frente.


La segunda ofrece, aproximadamente, el mismo encuadre en la década de los 50's. Fue tomada por un fotógrafo del Diario de la Marina que conocía la primera foto, con el propósito de comparar ambos panoramas.

jueves 22 de noviembre de 2007

HISTORIA DE UN VENTILADOR RUSO

por Gaviota


Sobrevolando la blogosfera, Gaviota del blog Cubadice se posó en una ventana y con su acostumbrada y proverbial paciencia escuchó esta historia de boca de un ventilador ruso aplatanado en la Isla de Cuba. Se imaginarán la gran simpatía que despiertan en un un trasto viejo como yo las anécdotas del pobre Órbita, en su triple condición de cacharro, extranjero e inmigrante en este país. Si al terminar el cuento quieren seguir refrescándose no deje de hacerle una visita a la Gaviota.

HISTORIA DE UN VENTILADOR RUSO

Hola, me llamo Órbita

Mi nombre es una premonición de mi futuro y mi historia es triste y larga como la de todos los inmigrantes.

Nací en un país lejano que en su tiempo era una potencia mundial. Ciertamente nacer ventilador en un país donde el calor no existe era casi una condena a muerte. Hice largas colas para encontrar trabajo, pero en el momento de la entrevista, de frente a la fatal pregunta:

-¿Qué sabes hacer? o ¿nos muestras tu curriculum?

Mi función de enfriar y refrescar no encontraban el puesto justo. Hice todo lo posible por caer en gracia y encontrar trabajo. En un momento de desesperación me voté encima un galón de esmalte rojo para ver si así pasa desapercibido y podía penetrar en la filas rojas, con la esperanza que despertando pena o lástima me aceptasen. Nada.

Como no podía estar con ellos decidí estar en contra de ellos; porque no es justo que un gobierno cree electrodomésticos y luego les diga: " no hay corriente para hacerlos funcionar" como han hecho con muchos de mis amigos, o no ofrecerles un trabajo para que puedan llevar una vida decorosa, la vida digna a que aspira todo electrodoméstico que se respete. Protesté abiertamente. Órbita en prisión.

Nada daba resultado. Caminando por las calles de Moscú vi un gran Barco donde un grupo de refrigeradores se embarcaban para el paraíso tropical, donde daban trabajo a todos. Vi a los Frigos que se despedían de su familia y aproveché que uno se había sentado a contemplar el mar, mientras se bebía un vaso de vodka, para hacerle unas preguntas. Me le acerqué porque algo me decía que el futuro estaba, esta vez, al alcance de mis aletas.

Se llamaba Vladimir pero se cambió el nombre a Mir, porque estaría más a tono con su nuevo país, eso pensaba. Mir me explicó todo lo que había hecho para terminar allí; me dijo que tampoco él encontraba trabajo por las mismas razones que yo.
-Aquí solo quieren quien los calientes, solo el vodka y las estufas tienen puestos seguros. Si, no te ven rojo caliente no eres nadie en este país.

Salude a Mir, le deseé un buen viaje y un futuro de prosperidad en el paraíso tropical.
Corrí a casa, me di un buen baño para eliminar este rojo esmalte desorbitante. Me di una peinadita a las paletas, cogí el pasaporte y salí corriendo para la oficina de inmigración.

Cuando llegué a la oficina alguien me dijo que el número de inmigrantes estaba cerrado, pero si yo quería salir existía un "modo". El oficial Plancha Caliente, no me inspiraba mucha confianza, pero por el momento no quería contradecirlo porque se ponía al rojo vivo. Se hablaba en la calle de lo perverso que era cuando se enfadaba, te planchaba sin más ni más. Me dispuse a escucharlo y a llegar a un acuerdo con él.
Plancha Caliente se dedicaba al tráfico ilegal de electrodomésticos; debía pagarle 8000 dólares constantes y sonantes y él se encargaba del resto. Me dio un mes de tiempo para llevarle el dinero, y si no lo hacía él se encargaba de convertirme en chatarra. Había cruzado una línea, no había marcha atrás.

No pueden imaginar cuántas cosas debe hacer un ventilador para reunir todo ese dinero. Pero como la necesidad desarrolla la creación les revelaré algunas.
Con un eje movido de un motor se pueden hacer maravillas; me dedique a afilar tijeras, cuchillos y todo lo que apareciera. En los carnavales me metía de cabeza dentro de un enorme caldero y hacia bolas de algodón de azúcar para que comieran los malditos humanos. Pero por mucho que trabajaba el dinero no era suficiente; faltaban veinte días y Plancha Caliente comenzaba a amenazarme con recados que me enviaba con el señor Phone de la esquina.

Mirando mi filme preferido Moulin Rouge me inspiré en su protagonista que como yo tenía unas grandes paletas rojas que giraban llenas de luces y todos los humanos llegaban y caían como moscas en la trampa. El resto se lo pueden imaginar. Me quite mis discretas aletas, le di unos colores fluorescentes y salí a hacer la calle.
Veinte días más tarde tenía mi dinero mal ganado en el bolsillo. Quizás allá en la distancia podría llevar una vida mejor, encontrar un trabajo honrado y olvidar las degradaciones de mi vida pasada.

Plancha me recibió todo frío, mejor así. Le di el dinero y me dijo que me había hecho un pasaporte nuevo cambiándome el nombre. Leí la primera página y entendí a qué se refería: Orbita Ventiladoration. Después de leer el nombre alcé la vista dispuesto a protestar, pero Plancha me miró y me hizo un guiño de complicidad, como para darme a entender que sabía de mis andanzas.

La noche de la partida era oscura, a mi no me acompaño ni la luna. Este barco era pequeño y el muelle estaba apartado de la ciudad. Un grupo de Frigos lo abordaron y cuando yo iba a subir Plancha me paró y me dijo:

- Tú entra por aquella puerta.

Ví una manilla plateada brillar y aunque todo estaba oscuro entré. Plash... se sintió cerrarse la puerta

-Oye, cuidado que me pisas. Escuché una voz y varias respiraciones próximas.
Había una señora Fosforera que no sé qué hacía con nosotros en ese momento, pero se encendió y pudimos saber que estábamos dentro de un Frigo-Camello que se dedicaba al tráfico ilegal de electrodomésticos. Los noticieros en los últimos días no hablaban de otra cosa…del horror de esos viajes...y yo Órbita había terminado en esto.

No les cuento más, sería demasiado larga la historia de esta aventura y lo que luego viví o vivo en el paraíso tropical prometido.

Saludos a todos los electrodomésticos libres y que no deban darse colores para ser aceptados.




General Electric Inc. aprovecha esta ocasión para invitar a todos los cacharros de la Comarca Bloguera (tablas de planchar, escobas, lavadoras auricas, tibores... y demás nobles artefactos que los humanos han tirado al abandono) para que colaboren con una historia de sus glorias o miserias en este espacio. Si es Ud. un cacharro y quiere insertar un capítulo de sus aventuras en esta página, hágamela llegar con urgencia a frigidaireamericano1@gmail.com. Ponga Ud. la cerveza y yo se la enfrío... Saludos a todos y gracias nuevamente a Gaviota por este puente.

miércoles 21 de noviembre de 2007

Balseros

(En 5 brazadas)


1
... allí estaba, a pocos metros de la balsa, el submarino amarillo...
Graffitis de un balsero

La luz de un reflector cayó desde lo alto. Pintó una franja amarilla sobre el agua, a pocos metros de nuestras embarcaciones, y luego regresó completando un rectángulo por la línea de la costa. Mientras los reflectores alumbraban los arrecifes, pude ver a las comunidades de cangrejos todavía resarciéndose de la devastación que dejó nuestra zambullida. Algunos chapoteaban en las piletas de la orilla con una pata de menos. Otros reacomodaban sus saquitos de huevos en la garganta de las rocas o alzaban las muelas al cielo con actitud de orantes. Los pescadores habían puesto pies en polvorosa; mosqueados seguramente por el descenso continuo de los carros patrullas. La línea del malecón lucía, por demás, desierta. Si bien por los balcones y persianas de los edificios del litoral yo podía presentir una multitud de ojos espiando la bahía.

Le eché un vistazo a la brújula y verifiqué nuestra localización; avanzábamos en dirección nordeste a media milla náutica por hora. Con suerte, podríamos burlar el patrullaje del helicóptero y escabullirnos por entre las dos lanchas guardacostas que recién asomaban por el horizonte.

…cuando Snaigé detuvo de golpe su embarcación.

- ¿Qué pasa, bolo? ¿Por qué paras?

Me señaló con la vista un punto impreciso delante de su balsa. Al principio no distinguí nada (sólo el océano banqueteándose consigo mismo); pero cuando la ola se engrifó nuevamente pude ver al mojón que la estaba jineteando en dirección contraria a la nuestra.

- Qué pasa, bolo! Este no es momento para andarse con finuras. Éntrale de frente.

Snaigé pareció dudar. Y era comprensible. Estaba ante un mojón sin dudas portentoso. Modelo submarino o longaniza. De esos que los esfínteres dejan salir de un golpe. Con un solo suspiro que se prolonga. Tenía pulgada y media de diámetro y unas dos cuartas de longitud. La luz de la luna lo iluminaba por una punta y parecía encenderlo como a una rama de incienso. El aroma que despedía seguramente ya andaba circulando por las tuberías de Snaigé, pues el bolo hacía intentos de recular hacia la costa. Desde atrás yo lo empujaba hacia delante.

En esas estuvimos unos quince minutos que se sintieron como una eternidad. La ola se engrifaba y ponía el submarino amarillo unos 30 centímetros más cerca de nuestras balsas. El bolo instintivamente cedía terreno, reculaba hacia el malecón; parecía decidido a tirar la toalla, a regalarle todo el ring a su contrincante, a dejar que el boxeador cubano se alzara sobre el podio olímpico, luciendo la presea dorada sobre su pecho, sin deleitarnos siquiera con una buena pelea. La luz de los reflectores volvía a golpear el agua. Desde atrás yo lo animaba a seguir. No me resignaba a que las alcantarillas de la ciudad, confabuladas en nuestra contra, se salieran con la suya. No Snaige, no es este el momento de rendirse. Tú eres un boxeador lituano, un oso blanco de las estepas rusas. Alimentado con lo más selecto de las reses Holstein, vacas Holstein cruzadas con toros cebúes ¿Recuerdas? Y ese que tienes delante de ti no es más que un morenito del solar, criado a base de arroz con huevo y platanito maduro frito. Tú lo ves ahora regio y musculoso, oliendo a violencia urbana y a azufre; pero en el fondo es un blandengue. Déjalo que te golpee con su gancho y verás como se le quiebra la muñeca contra tu pecho de hierro.

Snaigé abrió la puerta con brusquedad y levantó una ola que hizo retroceder al submarino habanero – sobrenombre con que el público de esta ciudad ha bautizado a ese boxeador encarnizado de las aguas litorales – pero cuando volvió a cerrar la puerta, el mojón se envalentonó y regresó al ataque sobre la corriente. Nuevo portazo de Snaigé, nuevo retroceso, nueva ola, nuevo envalentonamiento, nuevos avances. La pelea comenzaba a caldearse. El público – yo y la claque marina que Snaigé tenía adherida a su armazón – animábamos desde las gradas.

Dale, Snaigé, que tú puedes. Eso es, bolo, pégale con la derecha; tíralo de una vez, lánzalo de un zurdazo contra los arrecifes de la costa. Es un blandengue ¿no lo ves? Te tiene miedo, acábalo.

El bolo se animó y dejó de recular. Intensificó sus portazos. Consiguió incluso doblarlo por el medio con un golpe de ola. En el siguiente ataque lo partió por la mitad. Pero no lograba amilanarlo. El submarino habanero lucía como un gigante inconmovible. Y ahora nos atacaba con sus dos mitades. Como el dragón de la fábula, que de nada vale cortarle una cabeza porque de inmediato brotan otras dos de las venas del cuello. Así era en este caso. Pero el bolo ya no daba marcha atrás. Estaba decidido a hacerle frente a su destino. Y como ahora eran más de uno los atacantes yo decidí subir al ring y secundar al ruso en la pelea. Encaramos los dos torpedos habaneros de frente mientras la ola se elevaba sobre el cielo del litoral. El reflector se encendió de nuevo y encandiló con su luz a los vencedores en la esquina roja. Los boxeadores cubanos yacían sobre la lona. Las dos plastas estaban incrustadas contra nuestras puertas. Los moluscos, cangrejos, mejillones y el resto del habitad acuático que Snaigé transportaba consigo abandonaron la embarcación y se lanzaron al mar huyéndo de la peste. Una voz carrasposa habló por un altoparlante:

- hey, quién va ahí?

El helicóptero descendió varios metros y despeinó el agua de la bahía con sus hélices.

martes 13 de noviembre de 2007

Una foto para los quince de Teresa

por Yoyo, de Jinetero,... ¿y qué?

La comunidad de los tarecos blogueros sigue aumentando. Hoy tengo el placer de presentarles un trasto que se me coló en casa de la mano del Yoyo, del blog Jinetero,... ¿y qué?. No creo que el Yoyo requiera de mayor presentación. Desde marzo del 2005 ha sido una de las presencias más activas en la blogosfera cubana. Algunas de las reflexiones más agudas y de los cuentos más refrescantes que he leído los encontré en su blog. No sabría ahora cuál recomendarle. Visite su blog y léalo todo. Eso sí, tenga cuidado, que su lectura puede volverse adictiva. Y díganmelo a mí. Sin más, el Yoyo.

(...)


Una foto para los quince de Teresa

Buscando mucho, preguntando a los amigos donde podría conseguir un marco para la foto de los quince de mi hija, alguien me propuso que visitara a la vieja Mercedes. Ella seguro podría resolverme. Y efectivamente, la vieja me dio la posibilidad de escoger entre varios marcos que colgaban vacíos en la pared más alejada de la calle.

Fue difícil llegar hasta allí porque la poca luz escondía un sinnúmero de trastos regados por el suelo que convirtieron mi tarea en una verdadera carrera con obstáculos. Hacía años que la vieja no llegaba a aquel punto, ni ponía orden en la casa. - Con los años necesito cada vez menos espacio - me gritó desde su sillón.

Al llegar a mi objetivo, dos hileras de cuadros tenía ante mi vista. Escoger uno sería cosa de cerrar los ojos y tomar el primero frente a mí pues todos parecían exactamente iguales en aquella penumbra. Construidos en madera preciosa, creo que caoba, llenos de angelitos y dragones tallados en la madera. Pero cuando alargué mi mano, pude escuchar claramente una voz que me dijo:

- ¡Te estaba esperando! ¿Sabes tú el tiempo que llevo colgando de estas paredes, esperando? He visto media historia pasar, pero no quiero quedar aquí para documentar el final de tanto despropósito. Sí, soy yo, que llegué a esta casa en 1865 cuando todo estaba recién pintado. Me trajo Don Jerónimo, el asturiano que construyó esta y la mitad de las casas de la vecindad. Cumplía por aquel entonces la niña Teresita sus 15 años y su padre, para preservar el momento, le mandó a confeccionar un retrato con un pintor francés no muy conocido, pero bastante económico. Ya sabes como son los gallegos. El caso es que el tal pintor hizo una mierda y permanecí aquí colgado, sin pintura que lucir, olvidado por un par de años hasta que al inicio de la guerra, los negocios de Don Jerónimo sufrieron tal baja que tuvo que vender la casa con todo lo que había dentro. Desde esa época tuvo la casa sucesivos dueños, que nunca llegaron a habitarla propiamente dicho, sino que compraban con el único propósito de alquilarla. Se fueron los 10 largos años de esa guerra, vino la tregua y luego también la guerra del 95 y yo aguardaba que alguien se acordara de mí. Para la llegada del nuevo siglo, la casa fue comprada para la hija de un veterano mambí que puso mucho empeño en devolver el halo señorial con que la había concebido Don Jerónimo. Todo fue renovado, los mármoles fueron nuevamente pulidos, y finalmente, en 1905 me colocó el cuadro del Sagrado Corazón de Jesús. Ese fue el día más lindo de mi vida; había colgado vacío en esta pared cuatro décadas. Desde aquel entonces viví una época de relativa calma; la señora tuvo varios hijos que mantuvieron más o menos la casa como Dios manda. ¡Hasta que llegó aquel nieto! Raúl se llamaba, de chiquito creyó que se lo merecía todo y de grande leía libros rarísimos. Pasaba horas reunidos frente a mí, discutiendo de política. Hablaban de derrocar a un tal Batista que según decía, había dado un golpe de estado hacía un par de años atrás. ¡Yo lo veía venir! Qué no sabría ya este viejo cuadro a punto de cumplir un siglo. Un día entró vestido de verde y con una barba bastante descuidada y supe que comenzaría otra vez mi calvario. Vino directo a mí y dijo: - ¡En esta casa sobra esta porquería burguesa! Pero la vieja se puso hecha una fiera y tras una discusión muy fuerte consintió en colocar una sábana que me cubrió durante años. Cuando me sacó nuevamente a la luz tenía delante al mismo cabrón, pero ya afeitado; exactamente al regreso del entierro de la vieja. No esperó un segundo, abrió el cristal y encima de la imagen del Sagrado Corazón de Jesús colocó una imagen del Ché Guevara. ¡Si no fuera porque soy de madera sufriría trastornos de la personalidad! Durante los siguientes treinta largos años desfilaron ante mí niños vestidos de pioneros y jóvenes milicianos. A veces me descolgaban y me llevaban a la zona de los CDR a presidir alguna que otra asamblea. ¡Cómo había cambiado el barrio! Las casas de Don Jerónimo eran ruinas malolientes… ¿y las gentes? Válgame Dios encueros, como el señor las trajo al mundo. Por suerte regresaba a mi lugar. Aquella época era una locura; a medida que los nietos de Raúl crecían, las discusiones se sucedían y eran cada vez más fuertes. El viejo iba en descenso, eso estaba claro. Los años no pasan por gusto, tras un siglo en el que sólo había tenido oportunidad de estudiar a los humanos, me di cuenta de que algo no andaba bien. Era como si la familia llevara dos vidas, una de cara a lo vecinos y otra dentro des sus cuatro paredes. El nieto mayor de Raúl, Mayito, escondía papelitos entre mis imágenes, entre del Che y el Sagrado Corazón. Luego supe, porque nadie nunca se ha ocultado de mi para hablar, que tenía un banco de apuntaciones y aquellas listas de números eran las apuestas que escondían del viejo, que se afanaba aún en gritar a los cuatro vientos: Fidel, esta es tu casa. El puntillazo al viejo se lo dio la nieta el día que se apareció acompañada de un italiano. Al viejo le dio una cosa y cayó allí, donde tú estás parado, con la mano en el pecho, redondito como un pollo. ¿Crees que alguien lloró? No hijo, si esta gente no cree ni en su madre. Al otro día arrancaron la imagen del Che y se la vendieron por 90 dólares al italiano con el cuento de que era la foto original de Korda. Y cuando el tipo, que era muy religioso, vio la imagen del Sagrado Corazón de Jesús, la quiso y se la vendieron también. Cerraron el negocio por cien fulas. Los ojos de la niña se les salían de las órbitas cuando el yuma sacó aquel billete. Sin Raúl esta casa era como un barco a la deriva, cada cual hacía lo que le daba la gana. Mayito cayó preso como dos veces hasta que en el 94 hizo una balsa y se fue como balsero. La niña consiguió otro italiano y partió. Se fueron y no se han acordado más de la jodía vieja que se pasa el día dándose sillón, echando pestes de Raúl, que en paz descanse, mientras la casa se cae a pedazos y se llena de perros callejeros, polvo y mierda… ¡Sácame de aquí! ¿Dijiste que tu hija cumplía quince años? ¿Se llama Teresa por casualidad…?




General Electric aprovecha esta ocasión para invitar a todos los cacharros de la Comarca Bloguera (tablas de planchar, escobas, lavadoras auricas, tibores... y demás nobles artefactos que los humanos han tirado al abandono) para que colaboren con una historia de sus glorias o miserias en este espacio. Si es Ud. un cacharro y quiere insertar un capítulo de sus aventuras en esta página, hágamela llegar con urgencia a frigidaireamericano1@gmail.com. Ponga Ud. la cerveza y yo se la enfrío... Saludos a todos y gracias nuevamente a Yoyo por este puente.

domingo 11 de noviembre de 2007

Marina


… di tres vueltas de carnera sobre las rocas y chucuplún: ¡Frigi al agua! La escasa arena del fondo se removió enturbiando la superficie y una mancha de sardinas que reposaba, a pocos metros, huyó despavorida. Los abanicos de mar se combaron bajo la presión del agua y protestaron contra ese modo de perturbarles el sueño con un movimiento acompasado de todas las ramas. Algunos erizos rodaron lentamente por el fondo marino; otros se ovillaron sobre sí mismos y erizaron las púas en señal de desconcierto. Ocultos entre los arrecifes, los cangrejos alzaron las muelas para protegerse cuando vieron la ola gigantesca que se les venía encima.


La ola que levantamos al caer golpeó en el rostro a los pescadores de la costa y a una parejita que estaba apretando contra el muro. Confundida dentro del embate del mar cayó una lluvia de roncos y mojarras sobre la acera. Los pescadores corrieron a agarrarlos por la cola mientras los peces bailoteaban bajo la luz de las linternas. Un exceso de sal en el beso hizo que la parejita despegara los labios y miraran en todas direcciones tratando de entender lo que sucedía. Con una mano todavía enredada en los cabellos de ella, él le indicó a la joven que se fijara en un punto del horizonte donde dos bultos inciertos flotaban bajo la luz de la luna.

(...)

Snaigé emergió del fondo del mar con el chasis cubierto de algas y una corona de madréporas. Al principio no lo pude reconocer. Tenía también varios mejillones adheridos a los costados y una familia de hipocampos que se empeñaba en servirle de escolta. Ese fue apenas el preludio de lo que vendría después. El bolo tenía un imán que atraía a las criaturas acuáticas. O al menos eso entendí.

A lo lejos escuché el sonido de las sirenas y vi una llama que lentamente perdía su estatura. “Los bomberos tratando de controlar el fuego de Línea” pensé. El sonido de las ambulancias y las patrullas se intensificaba minutos tras minuto. Al poco rato, las luces en los techos de los carros policiales descendieron flasheando por la avenida de la costa.

Con el mar ya calmado, miré a mi alrededor para asegurarme de que todo había salido como lo planeamos. A primera vista la operación era un éxito. Los salvavidas estaban inflados y bien ajustados alrededor de las chivichanas; ninguna soga se había corrido de lugar; y el nylon que protegía las dos baterías de Chevrolet y demás circuitos electrónicos no se había zafado con el impacto del agua. Nuestra tripulación acababa de sufrir, sin embargo, una baja sensible.

- Snaigé, ¿tú has visto a Jacinta?

El bolo me señaló en dirección a la ciudad. Me volteé y vi a la foca parada tras los arrecifes. La luz de un farol la destacaba sobre el gris de los edificios del fondo. Tenía una aleta apoyada sobre el muro y la otra la agitaba en el aire diciéndonos adiós.

- ¡Foca, tírate! ¿Qué pasa? ¡Salta el charco! ¡Lánzate!

La foca lanzó un noble rugido y movió la cabeza en señal negativa. Una lágrima mitad de aceite, mitad de agua le bajaba por el hocico.

Muchos años después supe que nosotros no éramos los primeros electrodomésticos a los que Jacinta ayudaba a abandonar el país de manera ilegal. A finales de los sesenta, Maggi, una victrola que fue sacada a patadas de su rincón en un bar de la Habana Vieja y lanzada, sin más protocolos, entre el vómito de los borrachos y las cáscaras de plátano de un basurero, logró sobrevivir a tales humillaciones y pasar su vejez en la tienda de un anticuario de Memphis gracias a los servicios de Jacinta. Hay quienes dicen que la foca lo hacía por interés. Y si ese fuera el caso, no creo que tendríamos derecho a recriminarle. Su situación en el Acuario Nacional no podía ser peor. Le habían puesto Jacinta, nombre de mona engreída. Su ración de pescado era, en ocasiones, miserable. Su sueño de convertirse en estrella del espectáculo había sido tronchado por las ambiciones desmedidas de Silvia, la foca que con mano de hierro controlaba las promociones dentro del Acuario. (Y ya sabemos que en Cuba, lo mismo para integrar el elenco del ballet Copelia, que para golpear una pelotica de playa con el hocico, tienes que asegurarte primero un puesto oficial como prima ballerina).

Así que quizás en algunos casos la foca actuó movida por el interés o la necesidad. Quién sabe. Lo cierto es que a nosotros no nos pidió un centavo a cambio de su ayuda.

jueves 8 de noviembre de 2007

Carnaval mañana en casa de Ivis


A las 4 de la tarde hora de Miami. Será fiesta de disfraces, ve preparando el tuyo. Nos vemos.


(pegado en la puerta con saliva)

miércoles 7 de noviembre de 2007

La historia del Frigidaire, según Yvette


Cuando el 22 de agosto pasado me envalentoné finalmente a abrir la boca, pensé que le iba a hablar a las paredes de casa y a las telas de araña de los rincones. La idea, en verdad, no me desanimaba. Las arañas son una audiencia exquisita (las paredes no tanto). Ahora mismo, mientras parloteo, todas prestan atención con sus grandes ojos de araña bien abiertos. Una acaba de humedecer con la boca la punta de un hilo, antes de ensartárselo en una pata y darle las últimas puntadas a una espiral en la que ha estado trabajando por más de tres noches. "Por cierto, araña, te quedó volao ese diseño, estás metiendo pa’ quiniento…”. Ok, Gerald, pero no te disgregues. ¿Qué estaba diciendo…? Ah, sí… el 22 de agosto…

Para mi sorpresa, desde el principio hubo humanos interesados en escuchar y dialogar con un electrodoméstico. Y como es tan natural en los humanos, estos no se conformaron con oír las memorias y anécdotas de una Refri, sino que quisieron intervenir y participar también en ellas. El primer comentario que se hizo al margen de este diario fue muy sintomático de que eso podría suceder. Y a mi me alegró saber, desde temprano, que era posible esa complicidad; como si las barreras que existen entre los seres de carne y los de metal no fueran, después de todo, tan insalvables.

También me satisfizo la idea de que hubieran varias versiones diferentes de esta biografía. Después de vivir por tantos años en un país donde la Historia es Una y siempre La Misma, recibí con regocijo la idea de que pudieran existir múltiples historias, cada una personalizada y adaptada a las necesidades del que escucha.

Yvette, del blog Love is the drug, me dejó esta mañana un comentario en que ofrece su versión personal de la historia del General Eléctrico. Le he pedido permiso para arrancar esa hoja del libro de visitas y pegarla aquí, entre las páginas de este diario, como otra señal de un cariño que yo no sé ya cómo agradecer…

La Historia del Frigidaire, según Yvette


Sube el telón y aparecen un niño y un refrigerador asomados a la ventana del piso octavo de la beca de 12 y malecón. Es un niño de mediana estatura pero su curiosidad es tan grande como la del Frigidaire Americano que lo acompaña. Ambos miran el mar, revuelto por natura y por la gracia divina de algún dios que debe estar furioso.

Baja el telón y sube el telón y aparece en primer plano el Frigidaire suplicándole a la criatura que no lo desconecte, que tenga piedad, que él promete contarle más historias, tantas historias como olas hay en ese mar de enfrente. Y es que la criatura no se cansa de oír cuentos, pero el Frigi si se cansa de contarlos.

El plano cambia a la cara de la criatura y se puede ver entre sus dientes el cable eléctrico que comunica el Frigidaire con el mundo, lo tiene todo mordido. El Frigidaire ya le ha dicho varias veces que eso es un peligro, pero la criatura insiste en asustarlo. El Frigi no se inmuta, a lo mejor un corrientazo lo libera de esa condena. La de contar cuentos.

Baja el telón y sube el telón y ahora es el mar quien protagoniza este film, hay varios botecitos haciendo de tripas corazón para no hundirse y la criatura quiere que el Frigi le diga que hacen esos pescadores en el mar con tanto oleaje. El Frigi le dice que a lo mejor tenían hambre, que hay que lucharla, que él no sabe de eso porque todavía es un niño, pero que cuando pasen unos años a él también le tocará bailar el manisero. Cuando uno tiene hambre hace lo que sea necesario. La criatura comprendió lo del hambre, pero no lo del baile del manisero.

Baja el telón y sube el telón y ambos se están dirigiendo al malecón. Parece que cortaron la parte del elevador porque nadie vio cuando bajaban, sencillamente el telón subió y ya estaban los dos cruzando la calle y empapados.

El telón no baja esta vez; la criatura lanza hacia el mar el cable eléctrico del Frigi haciendo intentos por rescatar a los pescadores que piden auxilio sin parar. El Frigidaire esta muy nervioso, sabe lo que le sigue a ese armazón lleno de sal, pero el niño insiste y termina por empujarlo mar adentro. Plufff!!!

No se ve nada, la pantalla en blanco, que diga en negro, alguien ha cortado la cinta nuevamente. La gente chifla, gritan Foco!, Foco!, aplauden, y de nuevo aparece una pantalla azul clarita. Es el mar que ya está como nos gusta; un paneo de la cámara nos hace reconocer la puntilla, el 1830.... Aparece un niño nadando con todas sus fuerzas, y en el horizonte flotando un Frigidaire con cuatro pescadores dormidos encima.

Baja el Telón.

martes 6 de noviembre de 2007

La Habana, 2008


El mar está farruco de nuevo hoy… Se despertó con la greña pará la negrona… ¿qué cuál…? La que vive debajo de la bahía, mi consorte… Tiene to’ el paserío alborota’o esta mañana…! Mirá pa’llá… ¿Viste esa ola…? Ññññoooo…! Tremendo…! Compadre, que no te estoy mintiendo…! ¿Qué pasa fiñe… tú piensas que el Gerald te quiere engañar? Vaya, ¿de verdad tú crees que yo me aprovecharía de la inocencia de un menor de edad? Oye, te lo juro por lo más sagrado… por la pura, vaya… que no te engaño… hay una negrona debajo de la bahía… y to’ ese oleaje que tú ves por allá es el espendrún de la vieja… ¿… qué cómo sé yo que es una vieja…? Ven acá, chico, pero tú estás ciego…? ¿no le ves las canas…? Mira bien allí, mira bien… por los arrecifes… ¿ya lo viste…? ¿cómo que te estoy tomando el pelo…? ¿cómo que te estoy tomando el pelo…? Oiga, fiñe, usted es tremendo desconfia’o… Vaya, así no voy a poder seguir contándote las anécdotas… las anécdotas… ¡Las historias, compadre, ya te expliqué eso antes! Tú no me escuchas cuando te hablo! Nooo, no voy a poder seguir… porque Ud. tiene que creer las cosas que yo le cuento… si Ud. no me cree, entonces no tiene gracia… vaya… ¿Qué..? ¿Qué no tiene gracia de todas formas…? Ja ja… Ahora eres tú quien me está tomando el pelo, eh? ¿Cómo que no tiene gracia de todas maneras…? ¿CÓmo que nO tiene GRAciA de TOdaS formas…? A ver… si no te gustan las historias ¿pa’ qué me pides entonces que te las haga…? ¿por qué te la pasas amenazándome con que me vas a desconectar, que si te aburres, que si ya tienes hambre, que un cuentecito más…. y moviéndome to’ el tiempo el puñetero cablecito de la corriente con la mano…? ¿Tú te crees que pa’ mi es fácil estar aquí inventando? No, no, me equivoqué, me confundí… no quise decir inventando… Es verdad… tienes razón… me cogiste de atrás p’alante, sí… Re-cor-dan-do, eso es lo que quise decir… Sí, ya te dije que me equivoqué, compadre… eso es todo… Coño que la cosa no está fácil, nooo… Ud. es de ampanga… no me perdona una. Pero no te pongas bravo, broderito… Suelta el cablecito! Mira, abre la gaveta de abajo y agarra la sorpresita que te tengo guardada desde ayer… Ahhhh...! Esa te gustó, eh?

… entonces ya me crees? Eso es, asere; la historia no la escriben los desconfia’os … te decía que hay una negrona debajo de la Bahía; y cuando la tipa se despierta con la pasa pará tenemos oleaje y a veces hasta penetraciones marinas… sí, sí…

… pero no te preocupes que esto de hoy es pasajero… Horita sale el sol y le alisa el espendrún a la vieja con el peine caliente… Sí, si… esto no dura! ¿No oíste a Rubiera lo que dijo…? Exacto… dijo que el mar hoy se acostaba sobre Línea, por eso mismo es que te estoy diciendo que en un ratico todo se calma… Todo va a estar tranquilito en un par de horas… Tú vas a ver… Límpiate la boca que la tienes embarra’a de mantequilla… más pa’ la derecha… en la barbilla… ahí… Yo tú iba a la cocina y cogía un plato… es que le estás cagando todo el piso a tu madre con la boronilla, compadre… sé más considerado…

... No entiendo… ¿qué dices…? Traga primero… Mastica. Hablar con la boca llena de dulce es de mala educación ¿a Uds. no les enseñan eso en la escuela…? te vas a atorar pal carajo… Traga… Eso es. Toma un buchito de agua... ¿Qué decías…? ¿Snaigé…? Ahhhhh… Sí, aquella noche… ¿por dónde me quedé…? … la avenida como bólidos…? Sí, ya recuerdo… te decía que "salimos volando sobre el diente de perro…”

domingo 4 de noviembre de 2007

Una carrera de obstáculos

Breve resumen de los capítulos anteriores: La historia se desarrolla en la Habana de 1986. Dos refrigeradores, un General Electric muy viejo (quien esto escribe) y un refrigerador ruso de los 80 (el camarada Snaigé) han decidido abandonar ilegalmente la Isla rumbo al Norte. Sus destinos posibles son Miami o Detroit, Matria Facturanda del General Electric (es decir, mi patria de origen). La aventura es sumamente riesgosa. Los intentos de salida ilegal, en esta época, el régimen de la Habana los penaliza con años de cárcel. Todo el verano de 1986, Snaigé y yo lo hemos pasado planeando cuidadosamente nuestra fuga. Las dificultades para transportar dos refrigeradores por tierra, mar o aire, con métodos no convencionales hacían de nuestra empresa una quimera o una odisea apenas realizable. Después de mucho deliberar, Snaigé y yo decidimos valernos de dos chivichanas para desplazarnos del barrio residencial en que vivíamos hasta la costa norte del litoral habanero. Jacinta, una foca subempleada del acuario, ha querido sumarse a nuestra aventura. (Pues Jacinta es la víctima de la tiranía que en el Acuario Nacional ha instaurado la foca Silvia, estrella oficial e irremplazable de todos los espectáculos).

Finalmente, una noche de septiembre iniciamos nuestra escapada alrededor de las 9, hora de la telenovela. Toda la primera parte del viaje marchó bien. La foca empujaba y conducía la chivichana de Snaige con gran maestría. Los habitantes de la ciudad, hipnotizados mientras miraban la telenovela Roque Santerio, apenas reparaban en nosotros. El problema comenzó al llegar a la intersección de 12 y Zapata, punto desde el que debíamos deslizarnos por una pendiente hasta alcanzar el malecón, el mar y la libertad anhelada… Loma abajo las chivichanas eran imposibles de frenar y tuvimos que atravesar varios semáforos. En el semáforo de Línea nos agarró la luz roja. Una ruta 190 se desplazaba por la avenida y ya estábamos a punto de estrellarnos contra ella. La imagen de la muerte desfiló por mis tuberías en la forma de una burbuja. Fue una visión que duró apenas un segundo. Cuando regresé de esa visión, me vi de cara a la avenida nuevamente. Cruzar la calle Línea fue “Una carrera de obstáculos”…

(...)

… la pompa estalló. Pero tras el cristal del jabón no me estaba esperando la pelona. Al menos, no de inmediato. Sí vi a la niña que, a pocos metros de nosotros, jugaba con un recipiente en la mano a hacer las burbujas. Sacaba la cabeza y el codo por la ventanilla de la ruta 190 y nos contemplaba con los ojos lelos. Todavía tenía la pajilla entre los labios y soplaba con fuerza. Las pompas de jabón subían a perderse sobre el cielo del Vedado. Algunas se estrellaban en la cara de los peatones con un breve cosquilleo, semejante al chin chin de la lluvia sobre la nuca. La niña nos observaba y sonreía. Parecía no darse cuenta de que las dos chivichanas con su pesada tripulación estaban a punto de reventarse contra el hígado de la guagua.

Jacinta trató de frenar el impulso del vehículo. A Snaigé se le abrió la puerta con la inercia y un paquete de pescado salió disparado del congelador. Al ver sus intereses en peligro, la foca estiró el cuello y alcanzó a morder el fondo del cartucho. Cinco merluzas se salieron del envoltorio y fueron a dar contra el parabrisa de un lada. Otras dos rebotaron en la cabeza de un calvo. Simultáneamente, un Dodge del 57 descendía por la calle Línea… Ya se aprestaba a jugar a los bolos con nosotros cuando el chillido de las ruedas y el timonazo lo impulsaron en una parábola que acabó junto a la diagonal de un poste. La gasolina fue chispa y la chispa llamarada sobre la ciudad. El borde algodonoso de una nube se incendió al ser mordido por la lengua del fuego. “Comemieeeeerdaaaaaaa!” – escuché que alguien nos gritaba.

A la luz de la hoguera, el chofer de la 190 finalmente nos pudo ver. Enarcó las cejas por encima del mostacho (que esos bigotes faltos de poda parecen predestinados a cruzarse en mi camino) y exprimió el acelerador con una contracción de todos los músculos. La tripulación de la guagua cayó al suelo. Las maldiciones de los pasajeros caldearon aún más la densa atmósfera.

… entretanto, la chivichana de Snaigé había logrado aminorar la velocidad. Jacinta presionaba una de las aletas contra las cajas de bola. El aceite de la foca, al destilarse bajo las tablas, hizo patinar las ruedas sobre el pavimento y la chivichana se escapó dando vueltas en círculo por detrás del ónmibus. (Visto desde arriba, habría parecido que ensayaban un vals de las olas sobre las riberas heladas del Danubio).

Ya solo quedaba yo encarando a aquel monstruo articulado. El paso del ómnibus ante mis ojos me parecía infinito. Me recordaba de la interminable caravana de vagones que podrías ver, en cualquier estación, desfilando por los ferrocarriles del viejo Oeste. A un metro de la guagua me resigné a la idea de que no la esquivaría. Su vaga tonalidad de un amarillo sucio se transformó, justo delante de mi puerta, en un color negro goma. Choqué con ella por la parte del acordeón. El caucho cedió ante el impulso y mi peso, de manera que la parte delantera y trasera del ómnibus se curvaron como una v. En el vórtice de esa V avanzaba yo, perdiendo velocidad, presintiendo que cuando la liga se hubiera tensado al máximo mi cuerpo saldría catapultado por los aires para caer, quizás, sobre el regazo de Martí, en el monumento de la Plaza Cívica. La liga del acordeón se estiraba, cedía, tensaba sus maldiciones de caucho contra mi puerta, la V se hacía más y más grande… finalmente la goma se rompió, el ómnibus vomitó por la fractura un amasijo de tubos, sillas y pasajeros y yo proseguí, mucho más lentamente, mi descenso hacia la bahía…

… con un último acelerón logré darle alcance a la primera chivichana. Cuando pasábamos junto a la beca de 12 y Malecón me explicaron que la historia en esa parte ya había sido narrada, así que sin añadirle otro teclazo, decidimos continuar. Snaigé, Jacinta y yo cruzamos la avenida costanera como bólidos, nos impactamos contra el contén de la acera y salimos volando sobre el diente de perro...

viernes 2 de noviembre de 2007

...detrás de la puerta y mirando por la rendija...


Por Tony y Albert de Generación Asere

Acabo de colgar el teléfono... Y el último fax entró hace pocos segundos... su brevedad y el nerviosismo de la caligrafía me hacen pensar en las condiciones extremadamente duras en que tuvo que ser escrito... Ahora sí entramos en la opción cero… Todos los que fuimos testigos de una época comenzaremos a desaparecer rápidamente… El Mago ya pronunció su “Abracadabra” y la maldición será casi imposible de conjurar… Los babalaos de Generación Asere han ofrecido su apoyo en esta nueva etapa clandestina que se abre ante mí si quiero todavía “vivir para contarla”… Gracias a ellos recibí esta última comunicación:


Dear General Electric,

En estas horas amargas... agridulces vaya, te escribimos de conjunto con la esperanza de poder saludarte y de que aun sigas en pie, o sea, conectado. A fin de cuentas nuestra mayor virtud se ha convertido con el paso del tiempo en nuestro peor enemigo. Luego de medio siglo de discurso anti-americano, lo verdaderamente cierto es que miles y miles de los tarecos made in USA seguimos “funcionando” algo terrible en un país donde casi nada funciona. ¡Qué lección de historia tan grande mi hermano!

Trilcemente, Mr. Kellogg and Mr. Picker.




El disfraz y el maquillaje, con el cual espero pasar desapercibido durante los próximos días, fue una cortesía de Albert, de Generación Asere. Gracias a todos los que defienden nuestro derecho a vivir una vejez con decoro.

mi más gélido-cálido abrazo

martes 30 de octubre de 2007

Westclox II


Un día Dani llegó de la escuela y me tiró una mirada rápida. Eran las 11 y 56. Sin cambiarse el uniforme se tiró boca abajo sobre las lozas de la sala a leer sus muñequitos de “El Halcón Negro” mientras la vieja preparaba el almuerzo. Aún no había terminado de leer el primero cuando el resplandor que entraba por la puerta de la sala se atenuó, avisando que alguien venía.

Dani no despegó los ojos de los cuadritos, las figuras y las letras en los globitos hasta que Manolo “El Macanés” se paró en la puerta y saludó ceremonioso, arrastrando las zetas como siempre.

-Hola Doña Zelia. ¡Muy buenaz tardez tengan todoz por aquí!

-Hola Manolo. ¿Me trajiste los muñes?- Preguntó Dani y se enderezó enseguida a mirarme. Once y cincuenta y ocho le dije.

Por toda respuesta el gallego le tiró un paquete de muñequitos y le hizo un guiño de complicidad.

El niño dio un gritico de alegría y se puso a desarmar el paquete.

Manolo fue directamente hasta la cocina y dijo bajito:

- Vieja, me voy el domingo. Vine a traerle loz muñez al mozo.

- ¡Avemariapurisima, Manolo! – Dijo la vieja persignándose. – Pero, ¿eso es ya seguro?

- Claro que zi Doña Zelia. Ya tengo la viza, el moniorde y el boleto.

- ¿Pero y tu hermana, Manolo? ¿Vas a dejarla sola?

- Puez tanto como zola no, doña Zelia. La Margó ze queda con su marío Juanillo. Ya irán dezpué cuando yo me abra camino…

- ¿Y pa’ donde vas a ir, Manolo?

-Poz pa’ Neuyerzey. Tengo unos amigoz allí que me han ofrezido ayuda pa’ encaminarme.

La vieja trató en vano de esconder un sollozo. Estuvo un rato sin saber que decir. Finalmente se decidió:

- Que tengas mucha suerte, muchacho. Y ojalá que sepas lo que haces.

- Puez Graziaz, doña Zelia. ¡Que a mi no me joden doz vezes! Ya con Franco tuve baztante. El Comunizmo se los dejo…

Cuando Dani oyó que les iban a dejar otra cosa vino corriendo y preguntó a su madre que qué era el comunismo, mientras el gallego se iba zancajeando.

En ese momento, se fue la corriente. Solo tuve tiempo de empujar el minutero a las doce donde se encontró por fin con el horario, mientras en el vecindario resoplaba un sonoro ¡Ahhh¡

El Macanés respondió con un grito desde el pasillo.

- ¡Ya lo veiz: el Comunizmo ez mierda! ¡Joder!

(...)

General Electric Inc. agradece al caballero Algodar por esta segunda entrega de la historia de Westclox. ¿De qué intrigas y misterios no habrán sido testigos las agujas de ese reloj!? Si le gustó la historia y desea continuar, no deje de visitar la casa de Algodar en la Red (pinche aquí). Se está disfrutando ahora mismo de un otoño sumamente agradable por ese meridiano (si Photoshop no nos gasta una broma pesada (:o) y para esta noche le recomiendo particularmente su cuento en dos entregas "El hueco" y "Vedado".

General Electric también aprovecha esta ocasión para invitar a todos los cacharros de la Comarca Bloguera (tablas de planchar, escobas, lavadoras auricas, tibores... y demás nobles artefactos que los humanos han tirado al abandono) para que colaboren con una historia de sus glorias o miserias en este espacio. Si es Ud. un cacharro y quiere insertar un capítulo de sus aventuras en esta página, hágamela llegar con urgencia a frigidaireamericano1@gmail.com
. Ponga Ud. la cerveza y yo se la enfrío... Saludos a todos y gracias nuevamente a Algodar por este puente.

...vienen por mi, ya vienen...


Llevo dos horas tiritando de miedo. Los vapores me suben y bajan a mil por segundo. Ya vienen por mí… ya vienen… Mi época se acaba… el basurero me espera… y ni siquiera me dejarán un momento para darle fin a estas memorias… para compartir mi derecho a ser testigo…

Mi amigo Kellogg hace dos horas se las ha ingeniado para faxearme estas imágenes. Aquí se las dejo: hablan por sí mismas…


Pogrom



"Todos afuera!"



Adios...



Coincidentia Oppositorum



Viene el camión


Pas de Deux


Montando


Convocatoria

Intereses

lunes 29 de octubre de 2007

Breve Aleph

(O apología del jabón nácar)
.
… dicen que momentos antes de morir el tiempo – tu tiempo – se detiene. Y todo lo vivido desfila por tus tuberías en un segundo... Un segundo denso y elástico como la resina de ciertos árboles gomosos. Como el Gran Chicle cuya explosión inicial se cree que dio origen a las galaxias y los planetas. Un segundo del todo diferente de tus otros segundos. Porque tú mismo lo expandes con tu aliento como a una pompa de jabón. Un segundo que se lleva tu vida flotando en un aliento, en una pompa. Sobre la superficie jabonosa de esa burbuja tienes un segundo para leer tu vida. Pues la muerte es la niña que está detrás - y tú apenas has advertido - que en una mano sostiene el pequeño balde con la jabonadura y entre los labios, una pajilla.

… con los cachetes hinchados infla la pompa del aliento del próximo...

Tú tienes un segundo. El cristal de la burbuja te devuelve tu rostro sobre una superficie de transparencias tornasoladas. Con las dos manos intentas escoltar tu burbuja en su breve paseo por el aire. Tus dedos la cercan pero no la tocan. La siguen, pero ya no la dirigen. Adentro va tu soplo, el último. Atrapado de forma provisoria en las paredes esféricas del jabón y del agua. Sabes que el más mínimo roce la hará estallar en millares de fragmentos diminutos. Tus manos sudan ante lo inevitable. El destino de toda pompa de jabón es desintegrarse. Y esto no ha sido más que una apología cósmica de la brevedad de nuestro vuelo.

Casi malogras ese instante. No contemplas tu rostro mientras se descompone sobre la superficie líquida. El salidero de freón. Tu rostro fragmentado en millones de otros rostros… que fueron y que han sido. Tu cuerpo hecho jabón, hecho burbuja. Hecho pompa que navega desde la rodilla de quien te sueña hacia el horizonte de su mirada, a la hora del baño. Él-Ella – poco importa – creerá haberte visto en ese espumarajo que le cruzó por los ojos mientras se agachaba a recoger el jabón del suelo.

… tú en tu burbuja estallas y te anegas en los poros de la brisa. Las ventanas del aire se abren un segundo para dejarte penetrar por ellas. Ya estás del otro lado del aire… seguirte ahora es imposible… la batuta del director de la orquesta cae en la mano de la niña que sostiene el balde con la jabonadura… los instrumentos se desintegran en millones de partículas... es un segundo después…

yo ya debo estar muerto

sábado 27 de octubre de 2007

Ruleta Rusa (Videoclip 1)

A los nuevos amigos, verdaderos responsables por estas locuras

Luz roja… Luz verde…

… en los oídos me empezó a pitar una música. Una orgía ebria de címbalos y saxofones. Trompetas que parecían chirriar las llantas sobre el asfalto. Una flauta empeñada en cañonear a un saxofón barítono para cambiar de senda. Los clarinetes eyacularon sus chorros de gasolina bajo el fuelle del pedal cuando el semáforo de 23 y 12 les advirtió que ya era hora de proseguir hacia sus destinos...

Luz verde…

Calle despejada… Senda libre para deslizamientos… Snaigé me miraba con una clara expresión de regocijo… (Bailando con las ballenas se había convertido, para él, en Surfeando con la foca). Entendí que hubiera deseado ser un humano y tener una melena… La foca, detrás suyo, estiraba el cuello y disfrutaba de la presión del aire que le despeinaba los bigotes… La música regresaba a mis oídos…

Luz roja…

… un fagot se la llevó, se la llevó… ¡Agárrenlo! Los silbatos policiales montaron en sus motocicletas y se desprendieron tras la melodía. En la garita de 17 alguien se comunicaba con la de Línea para notificarle del incidente. El oficial de tránsito abrió los ojos como panderetas cuando nos vio pasar… como si nunca hubiera visto dos frigidaires encima de dos chivichanas propulsados por una foca… Se restregaba los párpados con insistencia.

… la intersección de Línea… era sin dudas el peligro mayor de la bajada. Jacinta no le levantaba la vista a ese semáforo… tuve la impresión de que se empeñaba en mudar el color de las luces con la mente… alterar sus gradaciones del rojo infierno que nos sacaba la lengua en ese instante al verde pradera…

Luz amarilla...

… faltaban todavía varias cuadras. Pero la pendiente de 17 imprimió un renovado impulso en las cajas de bolas que multiplicó la velocidad de la caída. Los balines se estrellaban biliosos contra el cemento. Las tablas de las chivichanas fueron pulsadas por unos dedos que cayeron eufóricos sobre las teclas del gran piano. A mi derecha, los bancos de un parque se exprimían contra sí mismos… Los árboles y los postes de luz caían abrumados sobre las aceras… Un perro se estrelló contra la rodilla de su dueño… Viré la vista al frente

Luz roja…

… por un efecto a todas luces contradictorio, a medida que nuestra velocidad aumentaba, el paseo se nos hacía más prolongado. La música intensificaba sus crescendos. La melodía se fugaba… Al pasar frente a una puerta advertí en la pantalla del televisor que el programa Tránsito corría los créditos. George Gershwin se aprestaba a conducir a la orquesta hacia el delirio en los compases intermedios de su célebre Rapsodia. Un americano en París con acompañamiento de bongoes. Dos refrigeradores sonando un jazz sinfónico en las cajas de bola de su destino. La foca-oboe nos indicaba que miráramos hacia adelante. El pomo del revólver volvía a girar…

Luz verde…

… te engañas, Gerald… y tú no eres daltónico… no quieras ver pajaritos volando donde hay jaulas… Esa no es la luz verde… es la otra hijaeputa… te saca la lengua coloráa esa que tiene… la estira y te lame el congelador con su puntica bífida… pero no te ilusiones… que tampoco es la lengua de la Yoya… no es momento de fantasear… no, Gerald… ni intentes darle rewind a esa música ahora… pillín… Esa tecla ya se rompió.. y Gershwin le está pidiendo a toda la orquesta que se descojone contra la ruta 190… muy bien que pudo Pedrín estar ahora en esa guagua camino a la Cujae… gritarle al choffer que frené, que se va a estrellar contra el refrigerador de su casa… pero la suerte no lo ha querido así… No, Gerald... No te engañes...

(Cont.)

viernes 26 de octubre de 2007

Guateque hoy en casa de los Aseres


Todos están invitados

miércoles 24 de octubre de 2007

Calle 12 en chivichana


Snaigé salió primero. Iba tambaleándose delante de la foca. Con las aletas delanteras afincadas en los tablones y la cola en el pavimento, Jacinta – que así se llamaba aquel mamífero de piel aceitosa - se esforzaba en propulsar la chivichana por detrás. El camarada y yo intercambiábamos rápidas miradas. Por un momento, pensamos que no lo lograría. El peso se nos hacía excesivo. Erguido sobre aquellas tablas de cajas de tomate, Snaigé parecía un inconmovible Goliat, y la foca, un David al que le agitaron su onda. Subvalorábamos injustamente las capacidades y el talento del pobre animalito. Algo a lo que Jacinta parecía estar habituada. La verdad es que un elefante de circo no habría desempeñado mejor su papel aquella noche. Lo más difícil fue arrancar. Pero una vez que logramos avanzar cinco centímetros, el resto fue un paseo sobre ruedas.

A pocos metros de la primera chivichana yo los seguía. Mi chivichana tenía instalado un motor fuera de borda. (Desconfiaba de la tracción animal). Se lo había arrancado días antes a una motomochila que bandeaba en la espalda de un fumigador de Salud Pública. El tipo entró en la casa con la misión de matarnos las guasazas del baño y terminó enredado con la Yoya en una sesión de judo. Después de aprender cinco o seis llaves nuevas – entre ellas la célebre llave turca que Carilda Oliver Labra cantó en varios de sus libros – el fumigador se subió el zipper de la portañuela y salió por el recibidor; olvidándose de tomar antes su preciado utensilio de trabajo. Snaigé le hizo un ágil guiño a Furia. El pastor alemán agarró la motomochila por un asa y la arrastró con los dientes hasta el taller donde preparábamos nuestra fuga.

El motor y las tablas protestaban nuevamente bajo el peso. Además de mis seiscientas libras, tenían que remolcar las dos baterías de chevrolet a que estábamos conectados – era importante mantenernos despiertos y alertas, especialmente en el momento de encarar las peligrosas corrientes del Golfo - el tanque extra de freón que llevábamos por si las moscas, el hule de las balsas y las veinte libras de pescado encargadas de restituirle a la foca toda la energía que iba dejando sobre la carretera.

… no teníamos claro por cuánto tiempo habíamos rodado. Las calles de la ciudad estaban desiertas. La gente, recogida en su casa mirando la tele. Por los balcones y las múltiples ventanas con las luces prendidas se escapaba la voz fañosa del Señorito Malta… el opulento hacendado de Minas de Gerais manoteaba y agitaba la manilla de su reloj sobre la cara de la Viuda Porcina. Roque Santeiro espiaba la escena detrás de una mampara… “Hoy se enteran de todo” – me susurró Snaigé. Estábamos tan abstraídos con la novela que no nos percatamos de que la foca comenzaba a dar señales de agotamiento. La frente le sudaba copiosamente y la fuerza de las aletas le flaqueaba. Snaigé abrió la puerta y trató de refrescarla con su gélido aliento , al tiempo que le dejaba caer unas sardinas desde la nevera. Decidimos parar a tomar un descanso.

Hasta ese instante, la técnica de Jacinta había funcionado admirablemente. Su cuerpo se estiraba y encogía como un acordeón, en tanto movía su cabeza rítmicamente, a uno y otro lado, como si quisiera negar algo. Por intervalos, emitía un rugido que evidenciaba su entusiasmo con la aventura. Con cada nuevo coletazo la chivichana se desplazaba tres o cuatro metros.

… lo más difícil eran las pendientes. En la de Paseo y Zapata la foca casi se nos hernia. ¡Qué valor! ¡Qué entereza la de ese animal! Afincó bien la cola en el concreto y de un empujón final nos puso a todos en la punta del Vedado. Agarramos Zapata, por un costado del Cementerio.


Era una avenida con pocos baches y muy escaso tránsito a esa hora. Todos nos emocionamos al darnos cuenta de que ya se acercaba el momento del Gran Descenso. De haber tenido una, habríamos sentido un cosquilleo en la ingle. O alguna sensación semejante a la que experimentaba la muchachada del Parque Lenin, al alcanzar la cima del deslizador... justo antes de abalanzarse sobre la canal de agua… Estábamos en la cima de la avenida… atrás se perdía en la distancia la entrada principal del Cementerio Colón… Un último coletazo nos puso nuevamente en movimiento. Jacinta recogió la cola y se apresuró a pilotear el vehículo durante el resto de la caída… Una sensación de vértigo y euforia se apoderó de todos y de todo… Las vitrinas de algunas tiendas nos devolvían nuestra imagen cruzando sobre la silueta de los maniquíes...descendíamos en chivichana por la calle 12…

martes 23 de octubre de 2007

Historias de un Ventilador


por Medea

Pues nací hace mucho tiempo, ¡quién se acuerda! Y ya doblo la media rueda.

Soy un ventilador afortunado, estoy con la misma familia desde que me sacaron de una caja, allá por los cincuenta y pico del pasado siglo. Una pila de años, ¿eh?.

Mi demiurgo, al que le decían Cuco, era un hombre obsesionado por los tarecos y los inventos. Antes de yo nacer ya tenía una larga hoja de servicios a disposición de su imaginación. Pero para que sepan bien de mí, de mi vida, comenzaré con una historia que retrata a mi dueño, el que me compró, me remodeló, me operó, me hizo trasplantes, prótesis, hasta ser lo que soy ahora. Pero esa será otra historia. Cuando esta historia comienza yo era un flamante ventilador y ni idea de lo que vendría después.

Iniciando el Periodo Especial, el primero y único que ha habido en nuestra historia y qué comenzó aproximadamente en los años sesenta, sesenta y uno, cuando las primeras escaseces que nunca se resarcieron, la falta de jabón y artículos de aseo y limpieza fue la avanzada de la fuga de los productos más comunes que habían acompañado cualquier hogar habanero. En realidad ahí empezó el peregrinar del invento cotidiano. Dicen que es una suerte que seamos así, yo ya ni sé. Me parece que es una desgracia, pues el invento no es más que un acomodamiento; allá quien se crea que es sinónimo de espíritu de lucha y progreso.

Cuco no era tan limpio, ni tan pulcro que digamos, lo que se dice normal, pero vaya usted a saber por qué no se la podía pasar sin un buen cepillado de dientes, al menos cuatro veces al día. Costumbre que comenzó a ser un lujo, pues la pasta de dientes fue de las primeras en desaparecer del entorno nacional.

Pero mi dueño era un hombre de tesón y afán investigativo. Y no se resignaba.
Así un buen día se fue a la Biblioteca Nacional y hurgó y hurgó hasta que descubrió una receta “fácil y rápida de hacer” de pasta dental; fue a ver a un boticario amigo que le facilitó los componentes y llegado al punto mezcló, batió, ligó y al final dio a probar a su familia... y sí, parecía pasta de dientes, sabía a pasta de dientes y lucía como una pasta de dientes, y muy ufano la colocó en un pote. Y claro esa noche toda la familia durmió con un nuevo frescor en la sonrisa.

Al segundo día la pasta había crecido tanto que amenazaba con derramarse; entonces buscó otro pote y se entusiasmó con la idea que iba a tener más provisiones de las que pensaba, estaba feliz. Pero al día siguiente ocurrió lo mismo, y así durante varios días ¡el aquello (ya no se sabía que era) parecía desafiar la ley de la conservación de la materia… creció y creció más que el arroz jonchi… hasta completar 15 potes. La euforia familiar era tremenda, y hasta yo batí aspas entusiasmado.

Si mi dueño era un espíritu innovador, ¡pues que vinieran escaseses!, pensaba yo en la mar de la ingenuidad, entusiasmado y siguiendo el coro familiar.

Pero en cuanto cesó el crecimiento, comenzó un despiadado proceso inverso; cada pote fue testigo de la desaparición repentina de su contenido, como si se desvaneciera, si se reconcentrara, nada, que en una semana cada pote solo tenía un fondo ya mas cremoso y asentado. Cuco no se amilanó y declaró que había descubierto la receta de la pasta de dientes concentrada y que bastaba una pizca de la crema que ya había vuelto a ser reunida, que lo sucedido era parte del proceso y que ahora si ¡que íbamos a construir la pasta de dientes!

No hace falta decirles que aquello terminó como todo lo que conocemos, la pasta duró para unos dos meses al cabo de los cuales Cuco decidió hacer otra tanda; el boticario estaba preparando para irse del país, no habían componentes en ninguna farmacia en toda la ciudad, y Cuco mi dueño sufrió en carne propia lo que después se convirtió en algo cotidiano. Ni siquiera se imaginaba que solo estaba empezando la agonía de las privaciones básicas y esenciales. Pero aún era joven, solo tenía 35 años, podía esperar tiempos mejores, y eso hizo, cojió un poco de bicarbonato, lo ligo con agua, y se cepilló con fuerza y al final se chupó un caramelo de menta. No está mal - pensó, y por suerte ya habían anunciado que asignarían a cada núcleo familiar un tubo de pasta de dientes mensual por la recién estrenada Libreta de Abastecimientos. Dificultades momentáneas, se dijo; miró para mi, me prendió y se puso a leer el periódico “Revolución” donde ampliaban sobre las ventajas de la libreta que iba a acabar con la especulación y el robo y garantizaba de manera transitoria una distribución pareja a toda la población. Una solución transitoria, volvió a pensar. Si, hasta que salgamos de este bache, para el año próximo ya estaremos mejor. Corría 1962.


(...)

General Electric Inc. agradece a la dama griega Medea por haber ayudado a despertar la memoria aletargada de este ventilador. ¿Tendrá saga? Esperemos que sí. Mientras tanto les invito a visitar su página AQUÍ, a acomodarse en la silla con un cafecito y prestar atención a la blogonovela de Cecilia Solás.

General Electric también aprovecha esta ocasión para invitar a todos los cacharros de la Comarca Bloguera (tablas de planchar, escobas, lavadoras auricas, tibores... y demás nobles artefactos que los humanos han tirado al abandono) para que colaboren con una historia de sus glorias o miserias en este espacio. Si es Ud. un cacharro y quiere insertar un capítulo de sus aventuras en esta página, hágamela llegar con urgencia a
frigidaireamericano1@gmail.com. Ponga Ud. la cerveza y yo se la enfrío... Saludos a todos y gracias nuevamente a Medea Corporated.

domingo 21 de octubre de 2007

Pioneros


Una hemorragia de pañoletas rojas y azules inundaba la ciudad a comienzos de septiembre. En las esquinas, el ojo rojo de los semáforos se iluminaba para darle paso a la ringlera de fiñes que se encaminaban a su primer día de clases. Iban en racimos de cinco o seis tiranizados por las órdenes de dos mujeres. Maletines abatidos de libros, lápices y libretas rayadas pendulaban de los hombros de la mayoría. Sólo uno o dos afortunados arrastraban una mochila, lo cual les dejaba las manos libres para hacer cabriolas, aplaudir insectos o abofetear a los arbustos podados a lo largo de las aceras.

Al llegar al patio central de la escuela, los pioneritos se alineaban por estatura y tomaban distancia. Las palabras inaugurales de la directora entraban en un forcejeo con los murmullos que se desparramaban por entre las filas, narrándose las variopintas travesuras de aquel verano. Las hileras de estudiantes, con su crecimiento progresivo del enano número uno al clásico grande por gusto que coronaba el final, parecían zampoñas del Perú.

El último fin de semana de agosto había sido de ajetreo. Las lavadoras Aurikas con sus calambres concéntricos, desde bien temprano, anunciaban el inicio de un nuevo ciclo. Las bateas de ropa eran copiosas. Los sudores y mugres del verano casi intratables en sus modos caprichosos de aferrarse a las telas. Los uniformes salían del embudo oliendo a Fa, e iban a dar a las tendederas o se sometían bajo los rigores de las planchas. Algunas tías se pasaban la tarde zurciéndole el culo roto a un pantalón o remendando los sobacos ajados de una blusa. Los dedos se ennegrecían al esparcir el betún por los zapatos. Y los cepillos se esforzaban en arrancar una sonrisa de aquellos cueros ortopédicos y refunfuñones. En la carátula de una libreta cuadriculada alguien escribía su nombre… y deletreaba MATEMÁTICAS bajo el título de la asignatura.

(...)

Por casa, empeñamos la tarde del domingo en despedir a Pedrín. La guagua que se lo llevaba a la Lenin debía recogerlo en el punto a las seis menos cuarto. Eran las cinco y todavía su maleta no estaba lista. Yoya la abrió delante de mi puerta y comenzó a tirar cosas en ella como una loca. Dos latas de fanguito, una de chocoleche, ocho huevos duros, un pomo de cebolla encurtida, dos panes con pasta (no olvides comértelos antes de la noche del lunes que si no te da diarrea) una barra de guayaba, otra de membrillo, un paquete de gofio (Mami, no me pongas esa mierda… en la beca me dicen comegofio desde que me descubrieron ese paquete. – Déjate de boberías, el gofio mata el hambre. Y si lo mezclas con leche condensada sabe riquísimo), tres pomos de alcohol boricado, diez paquetes de citrogal, un tubo de pasta perla, una linterna, una cajita de micocilén, otra de fósforos, cuatro pilas grandes, seis calzoncillos …

A las cinco y media estaban en el Punto. Ramón se bajó del Polsky, dio dos palmadas en el hombro de Pedrín y le dijo a Georgina que la recogería más tarde, que primero tenía que ir a resolver un asunto. La woquitoqui gagueó en el bolsillo de la guayabera.

Camisa lila, pantalón azul prusia y gorrita quepi, Pedro Manuel se despidió de su mamá, desde el peldaño de la guagua, con un beso sonoro en la mejilla.

– Vieja, te voy a extrañar con cojones!
– No te preocupes, pipo, a mitad de semana convenzo a tu padre para darnos un saltico por allá. De paso paramos en algún kiosco por el camino y te llevamos perrocalientes y alteas. Recuerda que te eché en la maleta dos latas de fanguito. Pero no te las vayas a comer de un tirón …

El ómnibus se fue. La multitud de familiares se dispersó en pocos segundos. El parque quedó desolado. Georgina fue a sentarse bajo un álamo a esperar por Ramón. De repente sopló una brisa y el colchón de hojas secas que reposaba junto al banco se alzó en una espiral que fue a perderse más allá de las copas de los ficus. Ramón se demoraba. Georgina decidió entrar en la heladería de enfrente y comerse un jimagua de naranja-plátano mientras hacía tiempo. Pensó en acompañar el helado con una quilla de cake, pero el mosquerío que se agitaba sobre las cajas le hizo recapacitar.

Al reentrar en casa todo estaba tranquilo. El seguroso abrió la puerta con gran desespero y corrió al baño a vaciar la vejiga. La intensidad y el color del chorro denunciaban su consumo de más de una perga de cerveza a granel. La Yoya se desanudó el pañuelo de la cabeza y se quitó la blusa. Colgó la ropa de un perchero y caminó, en ajustadores, a la cocina a servirse un vaso de agua. El chorro de Ramón se le desvió fuera de la tasa cuando escuchó el grito que pegó su mujer…

- Nos han robado, Ramón, nos han robado…!!!

Al entrar en la cocina, Ramón dirigió la vista en la dirección que su mujer le apuntaba. Algo faltaba junto al viandero. Ese hueco no lo había visto antes allí.

- ¿No te das cuenta, Ramón? Nos robaron la refri… alguien entró y se la llevó… Llama a la policía, Ramón, haz algo…

Le gritaba y manoteaba histérica su mujer, parada sobre un cuadrado de grasa y mugre…



viernes 19 de octubre de 2007

Langosta Termidor (2)

- Pedro Manuel, Pedro Manuel… Ahí están... seguramente son ellas... Ve a esconderla! Apúrate!

- Ellas quién, mamá… ¿de qué estás hablando…?

- Ellas… las viejas arpías… vienen a inspeccionarnos de nuevo… ¿no escuchaste el timbre…? Llévatela… Pedro Manuel, desaparécela! Que no la vean...!

- No, mami. No viene nadie. ¡Deja la histeria! Mira, tómate un café. Yo mismo te lo voy a colar.

Georgina caminó hasta la ventana del recibidor y entornó las persianas. Una franja de luz, como una venda color anaranjado, le listó el rostro de oreja a oreja. En la secundaria básica de la esquina todo parecía tranquilo. Las puertas del edificio estaban cerradas a cal y canto. Y sus yales no los fecundaría el llavín hasta la reanudación de las clases, en septiembre. Por el huerto de al lado no se movía ni una sombra. Si bien algunos sapos comenzaban a asomar las cabezas entre la hierba y a preparar sus partituras para el concerteo de la noche. La camioneta de Julio aparcó frente al portal del 411. Un hombre corpulento descendió de la cabina y después de aplastar con la punta de sus mocasines el cabo de un cigarro, se dejó devorar por el marco de la entrada. La serpiente de humo se desintegró tras el portazo.

Con gran sigilo, Georgina continuó peinando la acera de enfrente. Sus ojos ya andaban por la bodega cuando retrocedieron, con un movimiento brusco, al 403… algo se movía tras las cortinas… Al poco rato, la puerta se entreabrió. La vieja Paula y Ernestina emergieron de la penumbra. Se pararon junto al quicio de la entrada y se pusieron a cuchichear. En medio del secreteo, Paula apuntó con el dedo en dirección a la casa de Ramón. Georgina cerró las persianas de golpe…

- Ahí vienen, Pedro Manuel, te lo dije… las harpías… si tu no sacas ese bicho en este instante yo misma me libro de él…

- Relájate, vieja… Aquí tienes tu café. Que no es para tanto. Además, esas viejas arpías, como tú les dices, no pintan nada. Si se aparecen por aquí las entretienes con cualquier cosa, hablando de la novela o qué se yo… No tienen por qué saber que en esta casa compartimos el techo con una langosta.

- Muchacho pero tú no hueles esa peste… yo espero que esa mierda de bicho sepa bien cuando le dispare tres sazones… porque a juzgar por el tufo actual. Además... me la juego que lo primero que va a hacer Ernestina cuando entre por esa puerta es abrirnos el refrigerador… con el cuento de que tiene sed y el de su casa no enfría bien. Tú verás… va a ser como te digo… Fíjate si no... la vieja víbora me va a pedir que le alcance cualquier sonsera del patio, para que cuando yo regrese me la encuentre plantada delante de la nevera, inspeccionándolo todo. Caramba! Que esa mujer no tenga ningún respeto por la intimidad de los demás! ¿No le enseñaron de niña que uno no anda por ahí abriéndoles el refrigerador a los vecinos? Oye, que ni en casa de la prima Xiomara, con los años que yo llevo visitándola, a mi se me ocurre pararme y abrir el refrigerador para coger un vaso de agua… Ni porque somos familia, vaya... Ese es un lugar privado… íntimo... la gente no tiene porqué saber lo que uno guarda ahí adentro.

- Ay, vieja, córtale ya… Mira, atiende que se te enfría el café…

Georgina pasó el resto de la tarde tratando de esconder la langosta del escrutinio ajeno. Probó ocultarla en el closet, dentro de unas botas cañeras de Ramón. Cuando vio que la cabeza se quedaba fuera decidió coronarla con una media, a modo de gorro frigio. Luego la introdujo en una pantymedia, como hacía con los ajos y las cebollas. Nuevo fracaso. Los bordes filosos del cuerpo del animal se resistían a ser contenidos en tal encierro y rajaron la tela por el centro. Georgina agarró el bicho por las antenas y se lo llevó al baño, lo tiró en el bidet y le colocó un cubo arriba… tampoco este le pareció un buen refugio. La puso debajo de la cama; en un armario viejo y destartalado del garaje; debajo del fregadero; la paseó por el patio con una cadenita al cuello; me la volvió a empujar en la nevera… finalmente se cansó de jugar al escondite con un marisco e hizo lo más razonable: la vertió en la cazuela y preparó un enchilado. No sabía cómo especiarla, así que la trató del mismo modo que hacía con el jurel. Veinte minutos más tarde, cuando probó el resultado, quedó sorprendida.

Ramón se la devoró sin chistar esa misma noche. Ni siquiera preguntó qué era. Sus dientes estaban habituados a triturar todo lo que le ponían delante. Pero sus papilas gustativas siempre estaban de vacaciones o cumpliendo una misión internacionalista por el África. En la otra punta de la mesa, Pedro Manuel disfrutaba, con un regocijo cuasi perverso, ver cómo bajaba cada bocado de su captura ilegal por la garganta de su padre. La Yoya también se cubría los ojos de sorna con las pestañas... y sonreía…

miércoles 17 de octubre de 2007

Monólogo en la penumbra

Por Algodar

Lo había visto todo.

Desde Mayo del 1960 estaba allí colgado en la pared del comedor, junto a la puerta de la cocina.

Raras veces lo tenían que poner en hora. Hacia su trabajo bien hecho. Contaba el tiempo con profesionalidad. Jamás se atrasaba ni se adelantaba. Era un Westclox y lo anunciaba con orgullo. Había sido fabricado en 1949 y aun estaba como nuevo.

Apenas llevaba allí una semana cuando una madrugada sintió un gran estruendo y fue a dar violentamente sobre el frigidaire y de allí, cayó sobre la mesa. Afortunadamente el cable no se desconectó y pudo seguir funcionando.

Todos se despertaron gritando. En el medio de la confusión alguien dijo que era una bomba. Corrieron todos para afuera. Menos la vieja que se quedó en la puerta. A ella no le gustaba el barullo. Se oían los gritos allá lejos. Tata regresó enseguida. Era joven y bonita. Era inteligente y práctica. No necesitó más que un par de minutos para comprender que lo que había pasado allá afuera no les interesaba directamente.

-Le pusieron una bomba al carro de Aurelio el capitán. – Dijo Tata. -¡Quedó que ni pa chatarra!

-¡Ave Maria Purísima! – Dijo la vieja persignándose. – ¿Hay alguien herido?

-No, pero si llega a haber alguien cerca lo hubiera matado, porque la explosión fue enorme. Hay una pila de vidrios rotos por ahí.

-¡Ave Maria Purísima! – Dijo la vieja persignándose de nuevo.

Tata fue al baño. Desde allí preguntó la hora. La vieja fue a mirar y se encontró con que el reloj no estaba en la pared.

-¡Se robaron el reloj, diojmio! –Gritó casi llorando la vieja que no veía bien y que estaba acostumbrada a esperar siempre lo peor.

Tata salió del baño con cara de asombro, pestañeando rápido como si tratara de abanicar del aire los malos pensamientos de la vieja. Comprobó rápidamente que el reloj no estaba en la pared, pero siguió el cable y lo encontró tirado bocabajo sobre la mesa ronroneando su habitual “brrrr”. Porque el Westclox no hacía “tic tac, tic tac” como el Slava de cuerda del cuarto. Eran las cinco menos cuarto. Ya estaba clareando. Le pasó la mano por el borde superior para quitarle el polvo. Se encaramó en una silla y volvió a colgarlo en el tornillo.

La vieja puso a hacer el café mientras Tata se vestía para irse ya para el trabajo. Llegaría antes que de costumbre, pero eso le serviría para adelantar y quizás hoy pudiera venir un poco más temprano.

Cuando salió del cuarto, ya el olor del café inundaba la casa y se desbordaba por el pasillo para afuera. Se tomó su taza de café amargo y se comió un pedazo de pan.

El Westclox la vio salir una vez mas mientras la vieja le seguía los pasos desde la puerta.



General Electric Inc. agradece al caballero Algodar por hacernos llegar esta memoria de nuestro amigo Westclox, una prueba viviente de que no todos los buenos relojes fueron manufacturados en la vieja Suiza. Si le gustó la historia y desea seguir tertuliando, no deje de darse un saltico por su casa en la Red (pinche aquí). Será bien recibido, se lo aseguro.


General Electric también aprovecha esta ocasión para invitar a todos los cacharros de la Comarca Bloguera (tablas de planchar, escobas, lavadoras auricas, tibores... y demás nobles artefactos que los humanos han tirado al abandono) para que colaboren con una historia de sus glorias o miserias en este espacio. Si es Ud. un cacharro y quiere insertar un capítulo de sus aventuras en esta página, hágamela llegar con urgencia a frigidaireamericano1@gmail.com. Ponga Ud. la cerveza y yo se la enfrío... Saludos a todos y gracias nuevamente a Algodar por este puente.

lunes 15 de octubre de 2007

Langosta Termidor (1)


Aquella langosta causaría barullo. Lo supe desde que me la descargaron en la nevera. Usted verá que este bicho colora’o nos va a salar la vida a todos. La Yoya forcejeaba con la cola del animal, tratando de acomodarla junto a la cabeza de puerco que guardaba para un ajiaco. Las antenas del crustáceo desprendían el hielo del techo del congelador, con todo el jaleo, provocando una mini nevada fuera de meridiano y estación. Pronto los vellos del brazo de la mulata se cubrieron de granizo y los dedos se le amorataron por el frío. La Yoya me tiró la puerta, con un gesto brusco, y corrió al fregadero a refrescarse los brazos bajo un chorro de agua tibia… Fue entonces cuando la langosta me miró con sus ojos de vidrio… El hielo se tiñó de rojo bajo la cola…

Estaba tiesa como un palo. Ya no se movía, como cuando Pedrín la tenía todavía dentro del saco. La Yoya pegó el grito en el cielo cuando la vio y el animalito se encogió del susto.

- pero Pedro Manuel qué coño es esto? Si tu padre la ve…!!! - Protestó mientras se imaginaba la reprimenda que Ramón le daría a su hijo, por privar a algún matrimonio de turistas canadienses de la cena suculenta que planeaban para esa tarde. Con la divisa generada por la exportación de estos mariscos la Revolución paga por tus estudios, mocoso…! Parece mentira que seas tan inteligente como dicen! A lo que Pedro Manuel respondería con un argumento matemático que demostraba la imposibilidad de que esa langosta pagara el salario de sus profesores de la Lenin. Ramón le habría descargado un sopapo en pleno rostro, de no ser por el asco que le provocaban las mejillas granujientas de su hijo. Pedro Manuel lo sabía y se aprovechaba…

La langosta estaba ya bajo el filo del machete. El grito llegó a tiempo para atajar el descenso del brazo de Yoya.

- ¡Qué haces, Vieja! Así la descuarejingas. No has visto nunca matar una langosta, eh? - Adivinó Pedro Manuel con una sonrisa burlona. Y en verdad esta era la segunda ocasión, en toda su vida, que la Yoya tenía una langosta delante de sus ojos. La primera vez había sido de niña, en un pueblo pesquero del oriente de la Isla adonde sus padres la llevaban a visitar a unos parientes muy lejanos. - Es bien simple, Vieja, mira, la tiras en la ducha y la dejas ahí… en pocas horas de estar fuera del agua se va a morir…

La Yoya juzgo cruel el procedimiento. Si bien reconoció que era mucho más limpio que el apuñalamiento de un cerdo o el degollamiento de un carnero. No quiso, en cualquier caso, ver la escena y se ausentó de casa por el resto de la tarde. Pedro Manuel hizo lo mismo.

De esa manera me convertí en el único testigo ocular de la agonía de la langosta. Echada sobre las lozas del baño, apenas tenía fuerzas para moverse. Hora tras hora su cuerpo se iba debilitando… No emitía sonidos, pero su olor se expandió como un grito de angustia por toda la casa. Hubo un momento en que creí que me miraba… como si esperara algo de mí… Me reconforté con la idea de que las langostas son medio ciegas… como las cucarachas, que se valen de las antenas para zafarle el cuerpo al chancletazo… A veces alzaba la cabeza hacia la ducha, como pidiendo del cielo un chorro de agua fresca que le devolviera la vida… pero aquello no tenía remedio… su suerte estaba echada… la agonía de la langosta me pareció infinita. Sus ojos, negros y esféricos como semillas de fruta bomba, se fueron apagando muy lentamente. Bajo el duro caparazón, sus carnes blandas se resignaron, finalmente, a aceptar su destino: hervir en una cazuela de puré de tomate, mientras una mano la especiaba desde lo alto y la troceaba dándole vueltas con un cucharón...

Eran alrededor de las cinco. El olor fuerte del marisco pegó en las narices de Pedro Manuel cuando abrió la puerta. Su madre, junto al fregadero, lucía aterrada. El grito de angustia de la langosta comenzaba a propagarse por todo el vecindario. El perro de los Casanovas fue el primero que la olfateó, y comenzó de inmediato a ladrar y dar vueltas delante de la refri. Snaigé, quien estaba al tanto de todo a través mío, se moría de la envidia por ser el depositario de trofeo tan preciado . Clarita, la presidenta del Comité, también sintió el olor mientras se dirigía a la bodega a comprar los huevos. Era cuestión de minutos antes de que alguien viniera a tocarle a la puerta… la Yoya lo sabía y temblaba de terror…


sábado 13 de octubre de 2007

Décimas en la cocina

I

Entra cauta la alborada
adentrándose en las grietas.
En el traspatio las prietas
gallinas cuecen la nada.
La madera trojezada
seca y ardiendo: la leña,
en la cocina reseña
el ojo ciego de Dios,
el pensamiento, la voz,
un parpadeo en la leña.

II

Todo pende en la cocina,
todo pende, despacito:
las manos de platanito,
la desollada jutía,
el maíz, la estantería
con las ristras de cebolla,
los grifos, la claraboya,
los fulgores de la llama,
todo pende, todo trama
en razonable tramoya.

III

En sus yemas la Comadre
amasando la Unidad
pitagórica (verdad
de las pizcas y las sales)
junta la diversidad
de los Cuatros de Cebolla
terciando en la claraboya
con orégano y comino,
el ajo, el mijo y el vino
van a parar a la olla...

IV

En tanto majas los ajos
y las especies trituras
y el ambiente nos saturas
con los aromas del majo,
en tanto como colgajos
las crestas de las gallinas
sobre sus cabezas, finas
cavilan sueños, deseos...
y mientras como recreo
mis terrores avecinas

oscuro viento que domas,
clavo silvestre y canela
con orégano en la estela
van creando el nuevo aroma;
como la tarde en la loma
cuando al crepúsculo fía
y Aquél su paleta lía
por ingeniar un color,
en tanto sentí un claror,
sentí tu paz, Madre mía.

V

Sobrenevados manteles
que la ciencia no perdona:
acodada en sí razona
intersticios de claveles.
¿Y la comadre? !Tan leve
llama de fuego nos da!
En la claraboya está
de la celeste cocina
donde va y viene y camina
por la ciencia y la bondá.

jueves 11 de octubre de 2007

Creo que me estoy poniendo paranoico


Llevaba más de un mes sin tener noticias suyas. Ya comenzaba a inquietarme. ¿Por dónde andará ese negro, cará? ¿Habrá pasado a la clandestinidad como me comentó que haría? ¿Se habrá alzado en el Escambray? ¿o andará escondido por el palomar de una azotea, con la rueda de discado llena de mierda de paloma, y las teclas de colgar aplastadas constantemente por las pezuñas de esas cabronas buchiprietas. ¡Pobre Kellogg, carajo! ¡A ver si le sacan un ojo y me lo dejan tuerto las palomas hijeputas! – Pensaba…

Hace pocas horas tuve noticias fresquitas. El tipo todavía está entre nosotros. Camuflado, eso sí. El Tony, el babalao de Generación Asere, me envío esta nueva comunicación de nuestro amigo el Kellogg. Allá va…


Rinnnnnnnnnnnggggg!!!! Rinnnnnnnnnnnggggg!!!! Rinnnnnnnnnnnggggg!!!!

Hace unos días que tengo problemas de insomnio, es que la gente que vive en este albergue anda de un mal carácteeer... cada vez que terminan de hablar me cuelgan violentamente. No importa si es la chula que perora con el noviecito nuevo, o si es a Mercedes Molinar a quien llama el carnicero para dejarle saber en clave - Acércate por el puesto mulata... que aquí los tengo guardados en un cristal, algo muy especial pa' ti, dos kilos del sobrante de sardina proteica... -

No hay compasión señores. Creo que me estoy poniendo paranoico. Casi siempre a la altura de las despedidas me tapo los auriculares porque ay,ay,ay... ¡Suaaavana! Veo venir el "tanganazo".

Hasta el mismo Alfredito cuando se le sube el "etanol del comunismo" agarra por el bejuco y me mete un solo de descarga babasónica, sobre el día que lo caparon siendo aún joven militante comunista. Y a mí que su caso me da pena pero a veces también espanto, le hago la media y hasta chisporreteo los cables para que se piense que son aplausos... ahí es cuando el curda se embulla y grita -¡El que no salte es yanqui! - Y luego me recontracuelga el auricular.

Nada, que llegado a los cincuenta todo el mundo ha terminado por cogerla conmigo, el pobre negrito de la casa.

Ya ven… uno también tiene problemas personales.

Miren... ayer mismo se armó una bronca aquí mismito en medio del recibidor... que al final tuvo hasta que intervenir la policía. Por suerte yo tengo tremenda memoria y les puedo transcribir el informe policial que "vía telefónica" hubo de rendir a la 10ma Estación nuestro jefe de Sector "Pistolita".

Aclaro que algunos detalles son de mi propia inspiración.

ASUNTO: Trifulca y detención en Albergue La Amistad

DE: Jefe del Sector # 000045

El miércoles 10 de Octubre de 2007 a las 21:00 horas, encontrándome de recorrido por la zona, recibí la llamada del compañero Chicho (Tte. Coronel de bicicleta) residente del albergue "La Amistad" contiguo al tejar de Aldecoa, el mismo requería de mi presencia debido a los siguientes hechos:

Durante la tarde noche del mismo día un gato de raza barcina cuyo verdadero nombre es "Voland" pero que se hace llamar el volá, salió de su residencia ubicada en el sótano de Margareta, para dirigirse hacia los pasillos del primer piso de esta edificación y poco después entró por la ventana del baño de Arturo Molinar, un compañero (de la tez que usted conoce) con probada integración al proceso y que actualmente ocupa el cargo de pinche en la cocina del Restaurante "Asujétame el filete", de la Corporación Gaviota.

El sujeto conocido por volá aprovechó el descuido de los habitantes del cuarto para "trabar" con la boca, lo que varios residentes describieron más tarde como "un bistec de res verdadero" y en el acto se dio a la fuga, causando la alarma general y la alteración del orden en la vivienda colectiva.

Según declaran testigos oculares, Arturo en compañía de sus hijos (los diez negritos) emprendió la búsqueda y captura del sospechoso bajo el grito de -¡Atájalo, que se lleva el bistec!- y el volá al verse perdido por el hilo de aceite que delataba su rastro, terminó por entregarse voluntariamente en la azotea tocando la puerta de Chicho (Primer Oficial de las FAR en activo) aduciendo ante el guardia lo siguiente:

1. Que el trozo de carne incautado era de res y que el ciudadano Molinar por ende estaba incurriendo en un delito de tráfico de ganado.

2. Que su propósito nunca fue el del hurto, sino por el contrario era el de devolver el bistec al gobierno, alentado por la política de siquitrillamiento a los malversadores de los recursos del pueblo.

3. Finalmente, que tanto él, Voland Ramírez Catan, alias el volá, como los otros animales domésticos que residen en el albergue, han estado canalizando su malestar ante el Presidente del Consejo de Vecinos, pues el olor a carne con papas y otros asados que provienen de casa de "los muchos", como también es conocido el cuarto de la familia Molinar, se vuelve cada noche inaguantable para su instinto animal.

Al proceder con la denuncia, Chicho hubo de encargar la custodia del mencionado bistec a Alfredo Pérez, el "borrachín revolucionario", individuo que padece de la enfermedad siquiátrica diagnosticada como "manías de simpleza" la que ha venido superando de forma positiva luego de un exitoso tratamiento con electroshock. De un tiempo a esta parte, el alcohólico regenerado se dedica a hacer guardias operativas permanentes al lado del teléfono del albergue, al compás de su frase preferida –¡Sí compañero!-

A las 21:15 me persono en el albergue "La amistad" para tomar la declaración del denunciante Chicho, pero en el acto nos percatamos de que la prueba del delito "el bistec" ha desaparecido misteriosamente de la mesa de entrada donde permanece Alfredo, que indignado entre hipos y consignas, niega haberse engullido el alimento. - ¡Sí compañero! ¡ Yo sería incapaz de traicionar a la patria de ese modo! ¡Preferiría antes hundirme en el mar! ¡Sí compañero! -

No encontrando el cuerpo del delito (el bistec) y siendo ya casi las 21:45 de la noche procedo a hacer un careo entre el volá y Arturo Molinar, pero el enfrentamiento termina en trifulca cuando el primero acusa al cocinero de malversador y le profiere lacerantes obscenidades, que el segundo responde en forma algo descompuesta –¡mientes gata inmunda!- entonces a Voland se le erizan los pelos como una retahíla de fichas de domino sobre el tablero y ahí mismo se lanza sobre la calva del negrón que lo espera en base con un bate de aluminio y lo suena. ¡Fuácataaa! -el gato voladoooooor... el gato voladooooor- felizmente cae de fly el felino, sano y salvo sobre la mesa y en el acto escupe un pedazo de carne pequeño, el cual por su avanzado estado de deglución no pudo ya determinarse el origen o composición química del alimento.

Ante tal situación reporto el arresto del individuo Voland al cual se le imputan los cargos de hurto al descuido y alteración del orden, agravados por un acta de peligrosidad que ya constaba en sus antecedentes penales por no tener vínculo laboral. Es todo por el momento.

Revoluuuu'cionariamente
Pistolita.

Ha sido una trascripción de memoria por el Kellogg para mi socio el Gral. Electric.


General Electric Inc. aprovecha esta ocasión para invitar a todos los cacharros de la Comarca Bloguera (tablas de planchar, escobas, lavadoras auricas, tibores... y demás nobles artefactos que los humanos han tirado al abandono) para que colaboren con una historia de sus glorias o miserias en este espacio. Si es Ud. un cacharro y quiere insertar un capítulo de sus aventuras en esta página, hágamela llegar con urgencia a frigidaireamericano1@gmail.com. Ponga Ud. la cerveza y yo se la enfrío... Saludos a todos y gracias nuevamente a Generación Asere por este puente.

Trocadero y Zulueta


Aquí les dejo para contrastar. La primera es una vista de Trocadero y Zulueta alrededor de 1860. La segunda es el mismo escenario setenta u ochenta años más tarde. El denominador común, al menos hasta donde yo noto, es la Iglesia del Ángel, al final, una de mis iglesia preferidas...

martes 9 de octubre de 2007

Lejana

La leche se divertía cayendo, en cascada, sobre sí misma. El gluglú de su entusiasmo se hacía más agudo a medida que trepaba por las paredes de cristal. Con millones de manos líquidas se aferraba a la lisura de la pendiente que iba escalando. Sabía que ya le faltaba poco para dominar la cima. Y podía sentir el aire cálido que circulaba más allá de su encierro redondo. Una última gota cayó desde lo alto y forzó tres círculos concéntricos sobre la superficie del vaso. Pedro Manuel puso, entonces, el litro de leche en la parrilla del medio, luego de empujar hacia atrás unos tomates que le estorbaban, y me cerró la puerta. La leche comenzó nuevamente su descenso por entre las cavernosidades de unas amígdalas.

En una esquina del sofá estaba la Yoya. Medio apelotonada, como la odalisca de una estampa modernista. Hundía el codo en el vinil del brazo y plegada sus pantorrillas, en forma de tijeras, bajo las nalgas. Entre los dientes roía el casquillo de un lápiz B2. De vez en cuando lo acercaba al papel para subrayar el título de una serie televisiva o el día y la hora a que pasaban una película, en la Cartelera de Verano. En la butaca de enfrente, Ramón encajaba el bigote en la portada del Juventud Rebelde. Pedro Manuel dejó el vaso vacío en el fregadero y atravesó el comedor con cuatro zancadas; cuando llegó junto a su madre, se arrellanó en el sofá y encendió la tele. La Yoya lo espiaba con el rabillo del ojo.

El ambiente parecía sosegado. La familia, complacida. El silencio, que momentos antes importunaba, apenas, la humana respiración y el leve ronronear de mis motores, se vio de repente animado con los chapoteos de Flipper. En una lancha con el motor fuera de borda, Sandy y Bud navegaban hacia un punto perdido en el mar de Bahamas… donde los secuestradores tenían amarrada a una pobre familia, en el camarote de un yate. Flipper les mostraba el camino, avanzando como una flecha bajo el mar o trazando parábolas frente a la proa del bote. Las pecas de Bud, en un primer plano, recibían el frescazo de la brisa húmeda que el mar escupía… sus cachetes se contraían para evidenciar la solemnidad del rescate que juntos protagonizaban… De pronto, un coletazo de Flipper levantó una ola en el televisor que se proyectó hacia delante y empapó el periódico que Ramón estaba leyendo… El seguroso lo dobló sobre el sofá, luego de escurrirlo, y se levantó a buscar un café, rezongando maldiciones.

Ramón lucía preocupado esa mañana. Era su costumbre. Seguramente pensaba en la demora de Almanza. Había pasado media hora desde que dijo que venía a recogerlo para resolver un asunto en la Provincia. El humo del café le empañaba la frente y lo blanco de los ojos. La Yoya, por su parte, pensaba en la partida de Ramón y en la visita que pronosticaba hacerle a Luisito, el carnicero. Pedrín, junto a ella, pensaba en la pareja de mojarras que acribillaría a arponazos, en el veril y que, con suerte, escondería en un saco junto a dos langostas cogidas in fraganti cuando merodeaban una canal de corales. Yo pensaba en la ocasión de entrar en contacto con Snaigé para continuar planeando nuestra fuga.

Así se nos fue el verano del 86: entre planeamientos y malabares en la balanza. Flipper refrescaba, cada mañana, la pantalla del televisor. Sandy y Bud nos demostraban, con ahínco y tesón, que los buenos siempre capturaban a los malos. Furia, el pastor alemán de los Casanovas, engordó tres libras, y la libreta de abastecimientos enflaqueció otras dos páginas. En el placer de la esquina, los muchachos le daban una turgente paliza al pobre Norge una tarde de julio. La delegación cubana a los Juegos Centroamericanos y del Caribe de Santiago de los Caballeros se alzó con 299 medallas de oro, plata y bronce.


cont...

domingo 7 de octubre de 2007

La era del gas


Bajar la estatua de Isabel II de su pedestal en el Parque Central representó, sin dudas, el final de una época. Allá por los años 1900-01, varias revistas (Cuba y América y El Fígaro, principalmente) auspiciaron encuestas para determinar qué prócer debía remplazar con su estatua la de la Reina española. El veredicto final lo conocemos todos los que hemos merodeado alguna vez por el Parque Central, reparando en el señor de levita y bigote que apunta con su dedo al infinito...
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Fíjense en los faroles de gas que rodeaban el pedestal y alumbraban el parque. La era de la electricidad estaba todavía en pañales ...

jueves 4 de octubre de 2007

Brevísimos apuntes desde el Ferretero


El hijo de Ramón y Georgina se llamaba Pedro Manuel y estudiaba en la Lenin. Era un flaco desgarba’o de nariz de gancho. Modelo bastón. De esos que cuando se jalan el pulóver parece como si a un papalote le arrancaran el papel para dejarlo en las varillas. Tenía cara de pudín de zanahoria y se peinaba a lo Matojo. El avispero de hormonas que le saltaba bajo el pellejo llevaba años edificando sus celdas de pus en las mejillas del pobre chama. A falta de más espacio de jeta, los granos de acné comenzaban a trepar unos arriba de otros. Se le arracimaban al lado de la nariz y por la barbilla. Se le amontonaban en la frente y detrás de las orejas. Pedro Manuel pasaba horas frente al espejo repasando las extensiones volcánicas de su rostro. A veces se exprimía tres granos de un golpe y el pus salía disparado contra el cristal, espantando las guasazas que vivían en el labamanos. Sus amigos de la Lenin le decían el cara ‘e guayo.

Pedro Manuel era feo. Y no hay que darle más vueltas al asunto. Dios trató de corregir su gazapo haciéndolo inteligente. A pesar de la flaquencia, el chama también era una fiera en los deportes. Aquellas canillas de palitroque, cuando enrejaban entre ellas un balón de fútbol, no daban tregua hasta la portería. Lo mismo pasaba cuando el Pedrín ensartaba una ecuación trigonométrica con la tiza. Se movía por la pizarra, de un lado a otro, con aspavientos de taumaturgo: que baja un número, que sube aquel, que si un seno, que un coseno, que una parábola y PUM: dejaba al resto de la clase con la jaiba abierta como un sebucán, mientras el profesor Ramírez se frotaba los lentes con el pañuelo.

...

Aquella era una mañana de lunes y Pedrín todavía estaba en casa. Lo vi salir de su cuarto en short y pulóver, arrastrando sus tenis de acordeón y dándole swings a una raqueta. Seguro planeaba irse a jugar cancha con sus amigos en el Echeverría (el antiguo Vedado Tennis). No tenían carné de socio para entrar, pero era fácil brincar la reja o cruzarla por uno de los tantos agujeros que le habían abierto en la calle Calzada.

Colarse era, además, de ley para esos chamas. Colados entraban a todas partes. Al Cristino Naranjo, a la Casa de las Far, al Ferretero. A donde quiera que les exigieran un carné del Minint o de las Fuerzas Aéreas para considerarlos gente. Que no había credenciales ni carneses que pudieran contra las habilidades escalatorias, natatorias y zorreriles de aquellos muchachos.

Yo a veces pienso que Misión Imposible no la debieron filmar en Tokyo, sino en La Habana, uno de esos sábados en que Pedrín y sus amigos salvaban con largas zancadas el techo del Teatro Carlos Marx para colarse en el Cristino Naranjo y poder jugar con las máquinas tragamonedas.

cont...


martes 2 de octubre de 2007

El lechero

La verdad que la leche nunca nos llegó por tubería. Pero hubo una época en que el lechero te ordeñaba la vaca en la mismísima puerta de la casa o del negocito...

"Vaya, Gallego, tomando leche de las teticas de la vaca y to'... quién te lo iba a decir, caray"

domingo 30 de septiembre de 2007

Good Bye Rocco

Mi corazón está de luto. Hace apenas unas horas he sabido de la muerte del compañero Rocco, el refrigerador que tanta gloria dio a los de mi especie, por su actuación magistral en la película Fresa y Chocolate.

Pensé dedicarle unas palabras de despedida. Elevar un responso por el deceso de tan querido amigo. Pero esta vez la voz humana nos ha hecho justicia. Jorge Perugorría y Juan Carlos Tabío han escrito ese adiós. Aquí lo reproduzco para ustedes.



“Compañeras y compañeros:

Aquí yace, en contra de su voluntad, el compañero Rocco.

Nace en Detroit en agosto de 1952, en la fábrica de la General Motors.
En su más tierna infancia fue testigo de las confrontaciones sindicales y de las reivindicaciones raciales que sacudieron a su ciudad de nacimiento, forjando así su inclaudicable espíritu de lucha.

Siendo aún muy joven, junto a 250 hermanos suyos, es obligado a hacinarse en el vapor General Custer (primo del General Motors), arribando a la bahía de La Habana en Enero de 1953.

Aquí en La Habana es adquirido, como vulgar mercancía, en la tienda El Encanto por la familia Orozco, llevando a partir de ese momento una vida burguesa de abundancias durante la cual enfrió los más exquisitos manjares y licores.

No es hasta 5 años después, en 1958, cuando Joaquinito, el benjamín de los Orozco, a la sazón estudiante de Derecho en la Universidad de La Habana, comienza a esconder entre champanes y langostas, proclamas subversivas del 26 de Julio, lo que provoca una retoma de conciencia del compañero Rocco y su inicio en la lucha revolucionaria, llegando incluso a acoger en sus entrañas a un compañero de Joaquinito perseguido por los Tigres de Masferrer.

Ya en 1960, los Sobrevivientes de la familia Orozco —incluyendo a Joaquinito— abandonan el País, y la mansión de los Orozco (y por supuesto el mismo compañero Rocco), pasan a ser propiedad del Estado.

Conectado activamente al voltaje de todos los procesos de transformaciones revolucionarias, el compañero Rocco participa en la Campaña de Alfabetización, Crisis de Octubre, Zafra de los 10 Millones (trabajando en esta más de 365 días al año).

En todos estos años el compañero Rocco, lejos de añorar los filetes y caviares que conservó en su juventud, se dedicó, con ahínco encomiable, a enfriar torticas, masarreales, croquetas cosmonautas, los refrescos conocidos como «líquido de freno» y agua, mucha agua que calmaron la sed de nuestros estudiantes y milicianos.


Ya a principios de los años 70, con la llegada de sus congéneres soviéticos, el compañero Rocco es confinado a un honroso «plan pijama», olvidado en un oscuro almacén durante todo un quinquenio gris, hasta que el «inventivo» administrador del almacén lo trueca, en una maniobra «por la izquierda», por un juego de Doce Sillas a una humilde familia proletaria, en el seno de la cual, y con su esfuerzo desinteresado de siempre y con la alegría de sentirse útil nuevamente, el compañero Rocco se apresta a congelar sabrosos «durofríos», convirtiéndose en el sostén de esa familia y ganándose así el cariño de todos los niños del barrio.

Los 80 son años en los que el compañero Rocco puede vivir del fruto de su trabajo. Con el producto de la venta de estos «durofríos» el compañero Rocco es recompensado con quesitos crema, jamón plástico, pollo a la jardinera, vinos búlgaros y algún que otro cake bombón (de los que costaban 10 pesos cubanos), llegando incluso a enfriar su pedacito de carne de puerco y su cervecita en los días festivos. Y por supuesto, los huevos de siempre.

A principios de los años 90, y como consecuencia del Período Especial, el compañero Rocco es sometido al zozobrante sistema de apagones que lo llevaron al borde del ataque de nervios. Tan prolongados llegaron a ser estos apagones que cuando se restablecía brevemente el fluido eléctrico, el compañero Rocco llegó a pensar que le estaban aplicando «electro shock».

Fue en aquellos difíciles momentos que la humilde morada de la familia que acogió al compañero Rocco como a un pariente más, es escogida por el ICAIC como locación principal de la película Fresa y Chocolate en la cual el compañero Rocco, no obstante su deteriorada salud física y mental, asume el rol protagónico que le valió la unánime aclamación de público y crítica como (con mucho) el mejor actor de la película.
Lejos de envanecerse con tan ecuménico triunfo, el compañero Rocco acomete con renovados bríos las perspectivas que le deparan su nuevo horizonte de sucesos: Jefe de Frigoríficos del Paladar «La Guarida», porque en paladar deviene su vivienda no bien terminado el rodaje del susodicho filme.

Ahora vuelve el compañero Rocco a enfriar los manjares y licores olvidados de su juventud.

En este paladar, la carismática presencia del compañero Rocco es punto de atención de todos los clientes, llegando incluso a departir con La Reina de España, para la cual sacara de sus gélidas entrañas un rotundo y criollo boniatillo que arrancó los más encomiásticos comentarios de Su Majestad.

Así transcurría la plácida vejez del compañero Rocco, esperando que llegara, como en un sueño la muerte natural con esa paz de espíritu propia de quien ha cumplido a cabalidad y conciencia toda tarea que le haya sido encomendada.

Pero no, la muerte del compañero Rocco sobreviene de forma trágica y fulminante cuando es públicamente declarado «Devorador Energético».

Sus relays y reguladores de voltaje no soportaron la vergüenza y el compañero Rocco estalla en un flamígero y fatal cortocircuito que sonó en todo el barrio como un ¡PLAFF! fatídico.

Compañero Rocco, donde quiera que tú estés ahora, que llegue hasta ti nuestro agradecimiento por todos tus desvelos y nuestro más sentido pésame para que de una vez por todas descanses en paz.

Adiós compañero. Good bye Rocco.
De tus compañeros del Grupo de Creación ROCINANTE,
Jorge Perugorría Juan Carlos Tabío.”

jueves 27 de septiembre de 2007

Caleta de San Lázaro

En el blog de Ivis Acosta Ferrer hay un poema suyo que podría servirle de contrapunto, quizás, a estas imágenes. Recomiendo su lectura.

miércoles 26 de septiembre de 2007

Cascanueces

El mar está farruco hoy. Desde aquí se le ve… Si hasta se le siente… que no las tiene todas consigo el consortico hoy…. ¿Tú. lo ves allí…? ¿Junto a la chiquita de la lycra…? Esa sí… la que está sentada en el muro con el mentón encaja’o en las rodillas… mirando pal horizonte… esa… con los ojos lelos... la jabaíta, compadre… sí… con la lycra… Equelecuá… ¿y viste la ola…? ¿VISTE ESO ASERE…? Ññññoooo..! Así ha estado to’ el día. Sin parar…. ¡Tremendo…! Tú ves que el océano recoge la lengua y se la lleva pa’lla tras… y cuando la suelta de nuevo es como un camaleón cazando moscas…. ¡Fuácata….! Le da un chuchazo a una roca y allá va a dispersarse el pedazo de océano por los aires… como cristales de vasos rotos… Tremendo…. Cada vez que una ola d’esas se parte la crisma contra una rompiente…. Allá va…. Agua que tu conoces p’arriba de tol mundo… Oye, si llegan hasta aquí… y siguen p’allá arriba… hasta la azotea yo creo que trepan esas gotas malditas… Sí… son gotas alpinistas las muy cabronas… A veces el agua de las llaves sale saláa y es por el mar metiéndosenos por las tuberías y los tanques…

¿Qué se ve bonito…? Pues sí… se ve bonito… to’ el arcoiris de océano hecho pedazos… sí… Tiene su cosa… cómo no… esos cristales de sal que salen volando como una rocalla por encima del litoral… muy ecologista y to lo que tú quieras…. Pero a mí, para serte franco, no me hace mucha gracia… Cada vez que el mar me santigua con esos rones siento que cien huevos de herrumbre me empollan en la carrocería…. Mira tú… allá abajo.. ¿lo ves…? ¿Dónde se cayó el esmalte…? Esa fue una ola hijeputa d’esas con su lepra de salitres…! ¿Ves lo que te digo?

¡Hey…! ¡Aguanta que abrieron la ventana…! Mira mira mira mira mira MIRA ESO POR TU MADREeee!!!!!! Que no hay conmiseración con los negros de Alabama…. ¿Viste esa jeva, brother…? Allá abajo…. La del cinco, acere, no te hagas el visco con esos espejuelos que seguro en la primaria te decían cuatrojos… No seas gil! ¿Ya la pillaste…? Estoy esperando na má a que alguien le abrá la puerta pa ponerme los espejuelos de palo… ¡Qué buenota está! ¡Hace dos días la descongelaron…! ¡Ay mi madre si tú ves eso….! Ella se dio cuenta de que yo la vacilaba y se me puso ruboricona…., pero al ratico se acostumbró y me metió tremenda función…!!!! Mira, mira ya nos partió…! Psss, psss… ¿Mamita dónde tú compraste esos lineales…? ¿Los-que-te-ba-jan-por-la-ca-rro-cer-í-a? Ja, jaja… ¿Viste la mirada que me tiró….? ¡Abusadora….! ¡Impúd-ica! ¡Electrofílica!!! ¡Ahorraenergías! ¡Enfríatamales!!!! Ñóooo!!!! Si Snaigé pudiera ver esto…! Ese bolo se desvivía por las frigidairas nacionales… ¿Cómo? ¿Tú no lo sabías? ¿Qué allá en Rusia todos los frigidaires los fabricaban del sexo macho…? Pues así mismo es! Cuando ese bolo desembarcó aquí se le cruzaron los cables la primera vez que vio a un frigidaire hembra…! Algunos hasta se cambiaban de sexo al darse cuenta de que era posible y trabajaban en el García Lorca refrescándole la limonada a los bailarines… Sí, porque los bolos tienen su cosa por el ballet y to’ eso… Tú sabes… Al Snaigé le encantaba!!!! Tenía una broma que era agarrar un par de vasos y ponerlos a dar fuetés sobre las parrillas… Una vez abrió las puertas de par en par y me dio tremenda sorpresa el tipo… Había montado Cascanueces adentro de él… ¡Con decorado y todo…! ¡Qué muñequitos rusos ni que ocho cuartos! ¡Qué guiñol ni qué tres patines! ¡Aquello si que era una función de ballet! ¡Increíble…! ¿Qué cómo estuvo…? ¡Perrísimo, brother! Tú tenías que ver esos vasos y jarras bailando por las parrillas del consorte… Había un vaso que metía unos brincos que ni el Nureyev le podía poner un pie encima…!!!! ¡Qué tipo el Snaigé…! Me pregunto dónde andará a estas alturas. Sólo espero que el mar no se lo haya devorado aquella noche… Quizás ya es sólo una de las manchas de herrumbre que flotan junto a una boya... Aquella, sí ¿la ves allá...?

martes 25 de septiembre de 2007

Vigilar y Castigar

No era sólo la ciudad del romance y la paloma; de la brisa de mar y el paseo en calesa; del interior en penumbras y las campanas redoblando a misa.

Era también la ciudad del paredón y el ajusticiamiento; de la cantera de cal y el tobillo arrastrando un grillete; de la reconcentración y el emparedamiento de un inocente.


Arco triunfal erigido en homenaje a Weyler en la esquina de Monte y Águila

Ajusticiamiento de dos reos en la Cabaña. Si hace zoom en la foto podrá ver con bastante detalle el cadalso que se alza en el centro y la figura de los reos.

domingo 23 de septiembre de 2007

El Refrigerador de Rubik: módulo básico



Enrö Rubik, el inventor del célebre rompecabezas que, a comienzos de los ochenta, puso las manos a pensar y a maniobrar las mentes, acaba de ingeniar un nuevo artefacto, y Cuba será el primer país del mundo en producirlo: el Refrigerador de Rubik.

Basado en la estructura del cubo tradicional, el refrigerador de Rubik tendrá un color diferente en cada una de sus seis caras; y éstas, a su vez, estarán divididas en nueve piezas (3×3). El objetivo central del invento, según explicó Enrö Rubik a las cámaras de la televisión Cubana, es ayudar a las personas a reducir su consumo de calorías, al tiempo que estimula el desarrollo de su coeficiente intelectual (IQ). Para lograr este propósito, el refrigerador de Rubik no se abrirá hasta que la familia, trabajando de forma concertada, haya resuelto el rompecabezas, reintegrando el monocolor a cada una de las seis caras del equipo.


Una vez resuelto el acertijo, el refrigerador permanecerá abierto por intervalo de un minuto. Durante ese tiempo, las personas podrán extraer de él todo lo que necesitan para preparar un almuerzo o una merienda. Pasado el minuto, el refrigerador de Rubik se cerrará automáticamente y, a través de un dispositivo digital instalado en la nevera, todas sus caras alterarán sus colores, dejando a los habitantes de la casa ante un nuevo problema que resolver.

Algunos estimados preliminares han juzgado invaluables los beneficios que se desprenderán del uso de este refrigerador:


1) Ayudará a las personas a reducir su consumo de calorías, al tiempo que estimulará el desarrollar de sus coeficientes intelectuales.

2) Combatirá la obesidad y la depresión.

3) Representará un gran ahorró de energías, pues el refrigerador será abierto un menor número de veces durante su vida útil.

4) Estimulará la cooperación familiar, si tenemos en cuenta que el peso del equipo no permite que una sola persona rote sus caras para tratar de abrirlo.

5) Lo anterior se traducirá en un aumento de la natalidad (fenómeno que resolvería el problema del envejecimiento poblacional) y en una reducción del número de divorcios. (La soltería estaría asociada a una vida sin su refrigerador)

6) Estimulará el planeamiento familiar. Antes de terminar de abrir el Refrigerador de Rubik, la familia deberá tener claro todos los alimentos que necesita extraer y las porciones exactas que se requieren. Cualquier error en ese planeamiento, pasado el minuto durante el cual la unidad estará abierta, será pagado con la solución de un nuevo problema.

7) El Refrigerador de Rubik tendrá el valor agregado de equipar su cocina con un aparato para ejercitarse. Se estima que tres aperturas del refrigerador, dependiendo de la inteligencia promedio y del número de miembros que participan en la tarea, equivaldría a unas 24 horas en un gimnasio.

8) El Refrigerador de Rubik tiene en cuenta todas la dimensiones del ser humano: mente y cuerpo, individuo y sociedad, salud y deportes, familia y cooperación, diseñado con Ud. en mente y para su mayor bienestar y realización como ciudadano.

Y recuerde que el lema es: “Todos unidos para abrir el Frigo”

Un comercial de Universidad para Todos

sábado 22 de septiembre de 2007

Antiguas extrategias para cruzar el Río Almendares

Río Almendares. El Paso de la Madama


Un "bongo" en el Almendares, 1897

jueves 20 de septiembre de 2007

Loma de la Pirotecnia: asiento de la futura Universidad de La Habana


Los habaneros, en el siglo XIX, la denominaban la colina de Aróstegui o la Loma de la Pirotecnia, y era visto como un punto estratégico de la ciudad, tanto por la perspectiva privilegiada que su elevación otorgaba, como por lo agradable de las brisas que circulaban por el área.
Una de las vertientes de la colina desaguaba hacia el terraplen conocido como la calle San Lázaro, que en aquel tiempo consistía apenas en un alfombrado de polvo que se abría paso entre rocas desnudas y yerbajos. Hacia el final del terraplen la vista se tropezaba con el Cementerio de Espada y el Castillo del Morro...


Calle San Lázaro en el XIX

Desde inicios del siglo XX, las principales facultades de La Universidad de la Habana fueron trasladadas, paulatinamente, hacia la Loma de la Pirotecnia. Y el plan de Forestier, bajo el machadato, consolidó la manzana universitaria como uno de los conjuntos urbanísticos más atractivos de la ciudad...

Todavía recuerdo la tarde que entre diez hombres me subieron por la escalinata para depositarme en el pantry de la Facultad de Derecho... de todos los sitios en que he trabajado, ninguno permuto por aquellos cinco años en el Alma Mater...

martes 18 de septiembre de 2007

Comienzos de la construcción del Malecón, Habana, 1900

... para una vista prospectiva de nuestro Malecón, que regrese del pasado a la actualidad, recomiendo contrapuntear esta foto con la que se muestra hoy en el blog de Generación Acere

Walker Electric, La Habana, 1905

Los modelos de los primeros autos que patrullaron por estas calles parecen inspirarse en el tipo de la calesa, el carruaje, el quitrín...

Recuerdo que los habitantes de la ciudad intramuros, allá por el 1920, decían que aquellas máquinas habían entrado al país para robarles su tranquilidad.

Al paso de los años se habituarían al sonido de los claxons y el chirriar de las ruedas...

Los carros y sus gestos entraron a formar parte del amasijo de voces que es la urbe contemporánea...

(el Walker Electric que aparece en la foto fue propiedad de Mr. Bourwich, quien era el dueño del hotel Miramar)

lunes 17 de septiembre de 2007

La República de la Chambelona


Hoy me remonto a mis años mozos, de refri recién desembalada en la República de la Chambelona. En aquella época todavía hablaba en inglés. Sabía algunas palabras en español (y dos o tres en cubiche), pero las pronunciaba con un acento muy fuerte…. Acento de yankee doodle… semejante al que Ud. escucha cuando deambula por los callejones de Detroit… La gente que visitaba la casa me llamaba Mister y luego de examinarme bien todas las cuadraturas, se admiraban con mis poderes. A mi me gustaba ver cómo abrían la boca para exclamar. Me hacían sentir como un taumaturgo. Como un Rey de los Imanes. Que no hay nada como la juventud, señores.

Eran los tiempos en que yo todavía podía enfriar una cerveza Polar en diez minutos… Y los batidos de chirimoya, cuando los retiraban de mi barriga, saltaban de la jarra a la garganta como una cascada del Ontario congelada por ventiscas glaciales… (Alguien sacó años después un comercial con esa metáfora… arguyendo que las propiedades de mis hielos servían para ahuyentar los parásitos que se cultivan en el calor de los trópicos, cabronejos responsables de tantas epidemias). Y no exagero si les digo que Uds. podían ponerme en la parrilla un plátano medio podrido… y retirarlo media hora después con la perfecta color amarilla del buen yonso. ¡Qué tiempos aquellos!

A finales de los treinta trabajé en la casa de Generoso Funcasta, estelar fotoreportero que colaboraba con las revistas Carteles y Bohemia. En la casa de ese tipo había una pila de refris. Éramos como cinco: una pa la carne, otra pa las verduras, otra con un candado que nadie sabía que tenía adentro y dos más para sus materiales fotográficos. Yo estaba entre las últimas. Es la única vez en mi vida que mi especialidad no fue la jama. Estaba lleno de rollos fotográficos, de todos los milimetrajes y grados de exposición. Guardaba químicas corrosivas, láminas poliédricas, latas que olían a sillón de viejo… Vivía en un cuarto oscuro en el que a diario me embelecaba con las luces rojas y moradas y con aquellas siluetas naciendo del interior de un rollo plástico. Lo insoportable era el hedor perenne…

Don Generoso era un tipo metódico. Con todo. Desde la clasificación de los usos de sus refris hasta la disposición de las fotos y negativos en álbumes de cartones carrasposos. Aquel cuarto en que me tenía parecía un balcón de la Habana cuyo frente diera a un patio interior en perpetua noche. Sólo que en lugar de sábanas y calzoncillos guindaban paisajes y retratos a lo largo de las tendederas. La Habana era un mosaico en blanco y negro escurriendo una llovizna muy fina sobre el enlozado. Había pedazos de mar, perfiles de edificios, personajes con cara de pastel de cumpleaños mirando a la lente, bombines capturados en un ademán filosófico, alamedas que bisbiseaban al paso de los peatones…

A veces en la tendedera no quedaba espacio para una foto más. Don Generoso agarró entonces el hábito de colgarme las cartulinas de la puerta; o de acomodarlas en la gaveta de abajo, luego de cerciorarse de protegerlas bien contra la humedad. Fue así como me fui creando mi propio álbum de memorias: las fotos que Generoso olvidaba y yo comencé a almacenar en un depósito privado.

Ciclones fueron y ciclones regresan. Los años crecen como un tumor en las tendederas de la memoria. Hoy, mientras hurgaba en ellas, di con estos daguerrotipos que ahora les comparto. Quizás si me los cuelgo otra vez de las puertas, mi futuro se pueda reencontrar con mi pasado… y yo regresarme a vivir a la Región de los Metales, donde, finalmente, descanse en paz…


¿y qué, fiñe...? ¿te gustaron las foticos? Mira, aquí tengo otra, fíjate que la luz por esta parte es como un caleidoscopio... y además si miras bien verás...


(La primera foto muestra uno de los primeros autos que llegaron a Cuba en 1897. Un Rochet-Schneider propiedad de Don José Sarrá. La segunda es la famosa fuente de Neptuno)

domingo 16 de septiembre de 2007

Los lectores de Ubre Blanca


El camarada Snaigé llegó a Cuba en el 84. Y vino a vivir a Luyanó como incentivo a su dueño por tres años de misión internacionalista en Angola. Mientras los estibadores del puerto maniobraban el contenedor, las aleaciones de Snaigé relumbraron para saludar al sol del trópico. Era una refri nueva y recién embalada. Se sentía feliz y lleno de planes. Henchido, además, con el júbilo de quien se sabe un trofeo.

Todavía estaban frescas en la memoria de Snaigé las heroicas jornadas de su manufacturación en los Balcanes. Allí, entre los chirridos de las poleas y los aullidos de las fresadoras, había tenido noticias de Ubre Blanca, la mítica vaca de los Trópicos, cuyas ubres exitaban los conciertos de Mozart y las polonesas de Chopin. A pesar de ser una vaca joven, Ubre Blanca ya coleccionaba cuantiosos records. Entre sus proezas se incluía el haber producido más de cien litros de leche, una tarde, mientras su ordeñador le daba tres patadas a un cigarro y se acomodaba la paja del sombrero. Los perniles de Ubre Blanca, según estimados generosos, debían alcanzar para erradicar el hambre del Tercer Mundo. Sólo hacía falta que el Gran Carnicero se decidiera a trozarlos en bisteces. Hecho del todo improbable. Pues la vaca era más venerada que un tótem de la India. Cuentan que cuando el Gran Carnicero la visitaba solía estamparle un beso conmovido en el hocido… y Ubre Blanca le respondía propinándose dos latigazos con la cola.

Mientras el buque soviético que lo había fletado enfilaba por la bahía de La Habana, Snaigé elucubraba sobre su vida, recién estrenada, en esta ciudad. Se imaginaba su nevera llena de lonjas de reses holsteins cruzadas con toros cebúes. Y planeaba la instalación de una pila en su puerta por la que la leche chorrearía sobre garrafas… El Gran Carnicero lo había prometido en un discurso… a través de un sistema sofisticado de tuberías la leche sería transportada, directamente, desde las ubres de las vacas hasta las pilas de cada vivienda obrera… De modo que por las mañanas sería suficiente despegar el cuerpo de las sábanas, dar un bostezo y poner el vaso bajo la pila para tener el desayuno listo en pocos segundos… Las necesidades siempre crecientes de la población se verían, una vez más, satisfechas…

La verdad que para ser bolo, el camarada Snaigé era un poco rebijío. Tres pescuezos de gallina y dos libras de picadillo bastaban para sofocarle la nevera. En sus parrillas tenía cabida para una jarra de agua, un pomo de jugo y varios paquetes de perritos calientes. Si se apiñaban bien las cosas, empujándolas hacia el fondo o entarimándolas una arriba de la otra, Ud. podía añadirle una libra de calamar, dos Medias Lunas, un pollo a la barbacoa y medio lacón que sobrara de una cena en La Chorrera… Snaigé estaba consciente de sus modestas dimensiones. Y como le gustaba hablar en términos pugilísticos siempre me decía : “Yo soy de los pesos plumas, el Gerald, mientras que Ud. es de los pesos pesados”. Los boxeadores tienen su cosa por las redundancias…

Las vicisitudes de Snaigé se vieron pronto multiplicadas por los percances del Trópico. El calor en aquella cocina era infernal. Los ventiladores Órbita no hacían mucho por ahuyentar esos vahos corrosivos en todas las estaciones. Los motores se le recalentaban a Snaigé; la gaveta, bajo la nevera, le sudaba todo el tiempo, aguando los paquetes de perros calientes y el paté que la doña improvisaba con medio queso crema y una lata de sardina… Snaigé pronto enfermó y comenzó a hacerse pipi todas las tardes… Furia a veces se acercaba y lamía el orine bajo la refri… otras, alzaba la pata y ponía su contribución…

La vida del camarada se convirtió, de la noche a la mañana, en un infierno. Las maldiciones delante de su puerta se multiplicaban y le agriaban el carácter… Pues creo que olvidé decirlo, pero el Camarada Snaigé era, en esencia, un tipo alegre y bonachón… A ciertas horas, le divertía tambalearse sobre su base e imaginarse que era una Matriuska. Tenía buen humor ruso, del que nos hace llorar al final de los muñequitos, cuando sabemos que el rinoceronte va a morirse de hambre o que el cocodrilo lleva ya seis semanas con dolor en las muelas. Cuando yo le contaba uno de mis chistes, el camarada Snaigé reía con cara de boxeador kasajo que se inclina en el podio para recoger la medalla olímpica… Era un tipo genial...

Entre chiste y chiste una tarde le conté mi proyecto de regresar al Brutal, a la Matria Facturanda: … sí Snaigé, no aguanto más esta mierda… y Ramón cada vez está más histérico... yo me largo de aquí… me marcho… me marchito, acere... escapo como esquipi… me piro en pira de la pirocatequina catecola… se acabó…

Y para mi sorpresa, el camarada Snaigé quiso sumárseme…


viernes 14 de septiembre de 2007

Tiene la palabra el camarada Snaigé


En la esquina de la cuadra había un placer cuyo frente tiranizaban los gajos de un mamoncillo. Era un árbol viejo y venerable, de tronco robusto, por el que los niños no mostraban ningún respeto. A su alrededor transcurría la vida festiva del vecindario. Por las tardes, cuando una sensación de letargo se apoyaba en el respaldar de los sillones o se estiraba como un gato por las barandas de los portales, la vida prolongaba sus latidos en torno al mamoncillo y el placer. Bajo su sombra, la tierra removida - como si la hubieran desventrado -, revelaba la constante actividad de la chiquillería. Allí se jugaba a las bolas y al comefango, al burrito veintiuno y al ula ula, al pon y al quiquirilata.

Las manos de los niños se movían, montaraces, sobre la tierra, cazando grillos y coleccionando angollos. A ciertas horas del día, la chiquillada tomaba la mata por asalto blandiendo en las manos sus tirapiedras . Las ligas silbaban al ser liberadas de los dedos... a los pocos instantes, algún que otro totí manchaba la acera con el buche roto…

Otra maldad era esconder pomos de compota llenos de orine entre las ramas; para dejarlos caer sobre la cara de Norge, el gordito que casi siempre se quedaba en el juego del quiquirilata. Parado bajo el mamoncillo, Norge trataba de adivinar los nombres de las sombras que se movían como lechuzas endemoniadas de gajo en gajo… y un hilito tornasol le iba empapando la cara y la camiseta… Cuando su mamá le pegaba tres gritos que lo obligaban a recogerse, Norge siempre regresaba a su casa con la barriga apestando a orines y el culo roto…

Detrás del mamoncillo se abría un terreno sembrado de matas de romero y hojas de cortadera. El final del baldío lindaba con el muro de una casa. Los ladridos de Furia, el pastor alemán que la cuidaba, evitaban que los niños se acercaran demasiado. Si bien a veces alguno se envalentonaba y brincaba el muro para recorrer una pelota que un bate no había sabido direccionar. Se iba acercando al muro con gran sigilo, cerciorándose, antes de saltar, de que el perro había entrado a husmear en su plato. Luego daba un brinco, agarraba la pelota y salía corriendo como Juan que se mata …

A Furia le servían su sancocho de huesos y boniato a los pies del camarada Snaigé, el refrigerador de la casa, el duende de aquella cocina.

miércoles 12 de septiembre de 2007

Aquí sólo te digo


Que me comí
las ciruelas
que estaban
en la nevera

y que tú
probablemente
estabas guardando

para el próximo desayuno

Perdóname
estaban riquísimas
tan dulces
y tan frías…


William Carlos Williams

Traductor: Chichi, el jinetero del piso cuatro. Cursa el tercer año en la facultad de Lenguas Extranjeras, y lleva un curso de japonés intensivo por las noches. Para leer el original en inglés pinche aquí.

Comentarios del Gerald: Óigame, Mister Willy, para la próxima vez que vea ciruelas en la refri sea más considerado y déjeselas al chama ¿ok? Ud. anda por acá de turista y gozando la papeleta; pero ese fiñe lleva cuatro días a turrón de maní y buchitos de agua. ¡Un poquito más de consideración! ¿no le parece? Sepa que los niños de esta isla jamás en su puñetera vida han visto una ciruela. Después me andan pidiendo que se las describa con pececitos de colores o que se las modele con los restos de plastilina que están pegados por los rincones… Caballero, y todavía los yumas nos quejamos cuando nos acusan de ser egoístas…!!!

lunes 10 de septiembre de 2007

Ficción de pulpa

Amanecí. Con la expresión bobalicona que maquinalmente uno pone después de una noche de despelote y gozadera. La Yoya zampándose una tajada de melón que halló en una de las gavetas era la última imagen que me bailoteaba en la retina. La mulata hundía el diente en la pulpa con evidente fruición; y se relamía para absorber mejor las gotas que el jugo escurría por la esponja de los labios. Luego aflautaba la boca como una cerbatana, y disparaba las semillas contra una sopera de yeso amarillo, consagrada a Ochún. Ramón no estaba al corriente de esto último…

El sueño se esfumó de mi cabeza. Las visiones de placer se desintegraron como las alas de un murciélago cuando el sol las achicharra. Iban a dar al fogón con un revuelo de tréboles y cenizas.

Abrir los ojos fue como haber despegado en Roma para aterrizar en el municipio Los Palacios (Pinar del Río). Sentado a la mesa, con la tostada a medio serruchar y la mantequilla embadurnándole el bigote, estaba don Ramón. Al rato, tres de sus socitos ensombrecieron la puerta con sus saludos. Se sentaron también a la mesa y echaron mano de la flauta de pan. Abilio, uno de los gorilones, hizo la gracia que todos ya le sabían: trozó una rebanada y se la tiró a los otros, mientras pretendía dar cuenta del resto de la flauta, untándole media barra de guayaba y un queso crema.

¡Qué gente tan odiosa, caballero! Verlos era como tragarse la mazorca de maíz con el guayo para que te rallaran los tamales en la barriga. Se llamaban Abilio, Arropo, Almanza, Acevedo: muchas Aes. Por las woquitoquis jugaban constantemente con las puñeteras iniciales: “A4 llamando a A1”, “A2 llamando a R”. Cuando subían todos al Polski la carrocería se hundía hasta casi tocar el pavimento. ¡Daba pena con aquel pobre polaquito! Yo siempre pensaba que los pujos de Elefantes blancos y morados se inspiraban en Ramón y su caterva de socios.

En mis peores pesadillas siempre estaban ellos. Entre los cuatro me asaltaban, llave inglesa en mano, en medio de una boca de lobo de Santos Suárez, y se ponían a mecaniquearme por detrás… ¡Qué humillación, acere! ¡Qué vergüenza! A dios elevaba yo mi furia en medio de la pesadilla por permitir que se me descargara por una gigantesca letrina de la Habana, para dejarme caer en una película del Quentin Tarantino… en la que mis seiscientas libras de aleaciones iban a ser sodomizadas por una escoba…

¡Yo no podía tolerar más todo aquello! La decisión estaba tomada y treinta Yoyas lamiéndome los melones no me iban a hacer desistir… ¡que Ramón se quedara con la temba, la casa y con los cascabeles del burro…! Yo me largaba pal carajo de allí!!! Sólo necesitaba un plan… todo lo que me hacía falta era un plan que de verdá sirviera…

Diálogo en versos que sostuvieron Don Abundio (el sofá de la sala) y el Gerald, a propósito de la diligencia de Doña Elvira, la vecina del nueve


Pregunta Don Abundio:

- ¿Adónde va Comadre a toda hora
que a toda hora va y a toda viene?
¿dónde va, dónde va que no detiene
su ir y venir, su prisa y su demora...?

Guiso, costura, lustre, sin deshora,
hacen brillar la casa que sostiene;
pero adónde es que va y en dónde tiene
eso que va y que viene a toda hora

la Comadre que viene y que se va…?

Respuesta del Gerald:

- Amigo, yo no sé, pero algo habrá…
pues pensarlo distinto no es posible

a quien ha visto bien con qué sensibles
movimientos se aviene: algo tiene
donde ella guarda lo que viene y va…

Telón

jueves 6 de septiembre de 2007

Con los cables de punta

Entró una lechuza por el balcón de la sala y me dejó correspondencia. Sí. Ya sé que algunos de Ud. vieron la película. Esa que cuenta las aventuras de Harry, el Hechicero de Guanabacoa. ¡Ese tipo es tremendo babalao! Y eso que en la pelí no lo muestran tirando los caracoles. O cuando con la otra santerita, Niña Hermione y el Diablo Rojo bajan juntos a Orula para saber cuál va a ser la letra del año, y enterarse de si alguien se sacó el bombo o si nos acechan, nuevamente, catástrofes y penetraciones del mar…

Miré el matasello en el sobre y me di cuenta que no era Harry quien me escribía, sino otro babalao más salao todavía, el Tony de GENERACION ACERE INC. Fruncí el ceño y me dije: “Esta gente si que no se anda con boberías. Algo muy serio tiene que estar pasando”. Terminé la lectura de la carta con los cables de punta… En un puro horror. Léanla y me comprenderán…

Carta a un General Electrico.

Mi herma,

Al escribirte estas letras siento que existen serias razones para que consideres pasar conmigo a la “clandestinidad”. Es necesario que te cuides, pues como parte de la ofensiva de “Relectrificación de Errores”, se ha decretado en Cuba el gradual desmantelamiento de los refrigeradores americanos.

Hace tan solo una semana me enteré que a plena luz del día, patrullas de enviados peinan el barrio por los cuatro costados, vienen acompañados de un narra flaquito nombrado Haier y tocan en cada puerta:

–¿es aquí donde vive el General Eléctrico?-

No se aguarda por la respuesta, al verle se le tiran y lo bajan por las escaleras para llevarlo a tierras del nunca jamás.

Imagínate, el tal Haier es chino y aunque los camaradas te dejen sus manuales, hablar en cubano con el tipo es casi imposible.

Luego también pasa, que los niños en la casa le preguntan a sus padres:

–Eh! ¿Y a Puchungin a donde lo metieron?-
Lo peor es que ellos no saben como van a explicarles...

En realidad te escribo porque la noche de ayer tuve una pesadilla tremenda sobre nuestro futuro, el tuyo, el mío y de cuanta pieza americana quede en pie en esta isla.

General, si la ofensiva crece, no dudo que le metan mano también al Chevrolet, al Ford, al Buick y luego, tú sabes como son las cosas... Arterio Izquierdo, el secretario del partido de la ECOA 25, en conjunto con los cuadros y las organizaciones de base, da lectura a un dictado ante la Asamblea del Poder Popular:

- la tarea de orden compañeros, es desatar la búsqueda en todo el territorio nacional de las maquinas de coser SINGER, como también otros objetos que son parte del rezago capitalista-

y chirrin- chirran, ponle el pamper a la perra que se armó la gozadera.

-¡Que se vaya la chatarra!¡No los queremos! ¡No los necesitamos!-

En medio del júbilo por el cumplimiento del plan “depuración revolucionaria” y con la hoguera a todo dar (para la caldosa, claro) una pionerita protagoniza el asalto a un mitin público que es televisado. Con los ojos inyectados en sangre, la pequeña toma la palabra y con emoción aúlla su comunicado en la tribuna, exhortando a la dirección del partido aprofundizar sin descanso en su intensa labor de cambio.

-En el marco de nuestra lucha por subsistir al brutal bloqueo americano, se impone hoy reponer las despilfarradoras viviendas del pasado, los ineficientes edificios del Vedado, los viejos solares de Centro Habana y Marianao, además de fundir el bronce de esos monumentos inservibles, viejos verdes que solo sirven para recordar la presencia de una burguesía que hace mucho abandonó a está Capital.

La única solución viable que nos permite estar a la altura de las exigencias de este tiempo, es la de suplantar las edificaciones del pasado, por el proyecto de la “vivienda única” modulo colectivo de bajo consumo, lo que nos permitirá incrementar el ahorro, garantizando (de paso) el control y el orden de la población. Nuestros arquitectos ya han diseñado el modulo del futuro “Galleta de Soda #134” en saludo al cincuenta y resingonesimo aniversario del asalto a la seudo- República.

Ahora para terminar, quiero dejarles con el poema “La oda histérica” de ese pajarín, DIGO, PALADIN, de nuestra Cultura Nacional

¡Patria o Muerte!
¡Viva el partido!
¡Viva la Revolución!
¡Vivan los arquitectos!
¡Viva mi mamá!
!Viva mi papá!¡
Viva la ofensiva del revoluuuu...!-

La niña es forzada “amablemente” a salir de la tribuna, pero antes se aguanta agitada en un último intento de prolongar sus vivas.

Luego de cuatro segundos de vacilación, cae el aplauso frenético de la gente que agita sus banderitas, mientras piensan - ¿caballero, a donde coño nos vamos a dormir ahora?

Con esa pregunta me despierto.

Yo te digo mi hermano que la cosa está de andar en cuadro apretado como plata de los Andes ¿tú te acuerdas lo que le paso a nuestro socio el cadenón de oro, cuando abrieron las casas para derretirlo a finales de los ochenta?
Pues mira, que en un abrir y cerrar de ojos, con tal de ahorrarse el disgusto, estos tipos nos cambian hasta el Capitolio.

General, te dejo mi socio, que ya en la sala de mi casa hay un técnico del Ministerio de Comunicaciones que vino a chequear la línea y ahora me esta mirando con cara de quererme cambiar por un “Alcatel”, solo por ser americano, viejo y negro.

Un abrazo de tu socio, el Kellogg.



General Electric Inc agradece la genial inventiva que nos hizo llegar GENERACION ACERE. Si le gustó la cerveza y quiere refrescarse un poco más, no deje de visitarlos…


Generación Acere

martes 4 de septiembre de 2007

No me toques el depósito de la mantequilla (1)


Aquella noche, cuando me dormí, el motor central siguió funcionando discretamente. Con un ritmo suave y acompasado; como de dos cilindros que se alternaran para golpear una pompa de vapores sobre sus cabezas. El ronroneo vital se hizo tímido, contenido. Trataba de no perturbar el sueño de los otros habitantes de la gran casona. Afuera, en el patio, se desgañitaba un concerteo de grillos y verdes libélulas. Las brumas de Luyanó caían, como una peste del Señor, sobre las Siemprevivas y el Mar Pacífico, asfixiándoles los colores. A ratos, algunos perros lanzaban ladridos para oídos de almas en pena.

Cuando el sueño me atrapa, pero no me hunde en sus tinieblas – como ocurrió aquella noche – suelo sufrir de pesadillas o de muy raros embelecos . Boladas loquísimas de las que luego me avergüenza hablar. El congelador se me va llenando, poco a poco, de un humo color hueso, casi blanco. Y toda la mente se me puebla de nieblas y salazones. Entre las sombras veo siluetas y perfiles, rostros y ojos de fieras alimañas.

Aquella noche vi un rostro y una silueta desfilar por mi mente: soñaba con Georgina, la mujer de Ramón, el seguroso, mi chacal.

La Yoya, caramba. Si la recordaré… una temba más templada que el acero en la fragua de Vulcano. Mujer cabal y en sus cuarenta. Justo cuando la fruta se madura. Yo siempre he pensado que las hembras buenotas de la Antigüedad, esas de las que se cuentan linduras en la Biblia, debía ser como la Yoya. Curviforme como una nube bien torneada; como una maja criolla que se embeleza frente a su espejo. Con amplio caderamen de Mateodora, que el Creador de las Esferas Celestes modeló así, para que Salomón las cantara, al ritmo de los batá, bajo las bóvedas de su palacio. No era una flaca pestillo de portada de revista. Tenía carne para agarrar.

La Yoya, caramba, si la recordaré… Era, además, una mujer práctica. Su concepto de la moda no podía ser más simple y eficaz. Llevaba siempre un pitusa que cortaba con las tijeras a un octavo de muslo. Asi los flecos de la mezclilla se la pasaban acariciándole la piel… y los vellos de sus piernas respondían a los roces con muy leves crispamientos. La Yoya, cará, qué clase d’ hembra!….

Aquel chorcito de mezclilla era el escándalo de Luyanó. Con un corazón rojo bordado en el centro de la nalga. Sabedora de las humaredas y fiebres que levantada a su paso, y decidida a no darle tregua a las lenguas de gente mojigata, la Yoya completaba su conjunto con una camiseta de tirantes muy finos, de las que no saben ocultarle las tiras a los ajustadores… Para la “aristocracia” del vecindario, esa era la marca más notoria de su vulgaridad. Yo, por el contrarío, lo veía como una de sus gracias más salvajes.

La situación con la blusa pronto alcanzaría visos de Leyenda… Como acostumbraba llevar tallas holgadas, los tirantes se le rodaban constantemente por los hombros. Una manía suya consistía en reacomodarlos con las yemas de los dedos. Pero aquellos tirantes eran unos despelota’os; y se creían discípulos de Newton. Ud. los veía resbalándose pendiente abajo por las clavículas, hasta detenerse justo en el canto de los hombros, frente al vacío…

A veces yo cerraba los ojos, y me los imaginaba despeñándose por el cuerpo de aquella mulata, cayendo con ajustadores y blusa en una crispación de elásticos y algodones…

… era entonces cuando la humanidad salvaje de la Yoya quedaba expuesta ante mis ojos como en un juego de diapositivas: de frente, de espaldas, de medio lao, inclinada hacia el frente mientras recogía del suelo sus prendas íntimas, doblada en una media cuclilla y con el mentón alzado hacia mi… que me dirige miradas provocadoras. Miradas de cejas enarcadas que te castigan, que te sulfuran todo mientras te dicen:

“te pillé, el Gerald, te agarré vacilándote a la Yoya, so cabrón ¿qué? ¿te gusta lo que ves? ¿quieres ver más? ¿quieres ver cómo la Yoya se arrodilla y recoge la blusa con los dientes? ¿quieres que ruede sobre las losas como una gata en celo? Pues debes saber, el Gerald, que a mi también me gusta lo que veo desde aquí… que a mi también me provoca cortocircuito tu ruda complexión de búfalo de las estepas; tu mansa brutalidad de mole metálica y amaestrada… La pasividad con que te dejas hacer cuando te limpio las parrillas…”

Yo me representaba aquellas palabras y la nevera se me llenaba de humo y salazones...

Pero el dedo gordo de la Yoya estaba educado… Y lo que pasaba en la realidad era bien distinto: agarraba el tirante al vuelo y se lo empujaba nuevamente hacia las yugulares, allí sobre el cachito de piel por el que caía la cadenita de plata con el falso rubí… esa que, al caminar, daba bandazos entre sus pezones. …

Yo me desvivía por esa mujer. La Yoya, la Yoyona, la Hembra Total, mi Hembra Holística. Era delicada y metódica. Cuando me descongelaba, mientras me pasaba una badana por los adentros, solía echarme una sonrisita de media boca… sonrisa cómplice de mujer que sabe que te está hurgando por zonas prohibidas…

Y jamás me limpió con cualquier trapo. Nada de tiras de sábanas viejas ni retazos de toallas que apestaban a testículos de ratón. Guardaba para mí las mejores felpas de sus gavetas… Paños que nunca le vi usar para recoger la inmundicia de un fregadero o para lustrar los azulejos de la meseta.

La Yoya, caray, si la recordaré...


domingo 2 de septiembre de 2007

G2

En aquel entonces, yo trabajaba en la casa de un tipo que era cuadro del Partido o seguroso del G2. Nunca pude desenmarañar ese acertijo. Un tipo raro, eso sí. Andaba siempre de guayabera y tenía un bigote grueso, como un escobillón de alambres, que le tapaba la boca. Cuando hablaba uno nunca le veía la lengua ni los dientes. (En eso se asemejaba un poco a los texanos de mi país; aunque a los texanos Ud. no puede verle los dientes cuando hablan no por el bigote, sino por una contracción de los músculos de las mandíbulas, provocada por andar siempre masticando la carne que está pegada al hueso, en las costillas de la res). Mi seguroso era un tipo corpulento, mofletudón. Con mano chiquita, pero rechoncheta; y con unos pelos en los nudillos que le daban un aspecto algo simiesco, como de mono blanco.

Andaba siempre pa’ aquí y pa’ allá con tremenda envolvencia. Miraba a todos con los ojos desaforados. Cariacontecido. Como si a cada segundo algo tremendo fuera a pasar. Como si el curso de la Historia y de los planetas dependiera de la intensidad y la intrigosidad de sus miradas. O vaya Ud. a saber y el tipo se imaginaba que vivía en una película de Spielberg y que tenía a un ejército de extraterrestres acechándolo detrás del patio de su casona de Luyanó.


A menudo irrumpía en la casa con un clan de socitos. Todos iguales: tipos de guayabera, bigote grueso, mano pelúa, bolígrafo en el ojal y woquitoqui en el bolsillo del pantalón. Yo a veces pienso que si la Matrix la hubieran filmado en Cuba, los agentes Smithes que lo controlan todo, quién entra y quién sale y pa’ qué y a qué hora, serían como aquellos tipos. Claro que cuando filmaron la Matrix las tecnologías ya se habían desarrollado, y por eso los segurosos, en esa peli, llevan la woquitoqui dentro del tímpano de la oreja. Y así está mejor. Porque cuando uno tiene el woquitoqui en el bolsillo de los pantalones es como si el cerebro se le hubiera corrido p’ allá abajo … y las cosas entonces no marchan bien.

La razón de este social en mi historia, con su bigotico de alambre de púa, su cara de orangután y su acento tejano, es que fue por su culpa que yo decidí escaparme para el Norte. El brother era un histeriquito social. Se llamaba Ramón, que es nombre de gente mala. Y yo era el principal blanco de su violencia doméstica. Cuando las cosas no le salían como el quería, o alguien lo agitaba desde “arriba” en una llamada telefónica, o se le rompía el woquitoqui (que para él era como su hijo) o la mujer lo tarreaba con el carnicero ¿contra quién la arremetía? Contra el panga. “Mi menda” como dicen los gallegos, era la que sufría entonces. A veces me tiraba la puerta con una furia que me sacaba to’ el aire y me dejaba tosiendo el resto de la semana. Otras me caía a patadas hasta abollarme por un costado.

Así que un día me cansé y me dije: “El Gerald, tú no tienes porqué aguantar todo esto. Y este es el año de rectificar ¿no es eso lo que dicen? Pues rectifícate, mi consorte. Lárgate de esta mierda de cocina. Regrésate a tus orígenes. Si tienes que aguantar insolencias, aguántaselas a los tuyos, y no a un extranjero liliputiense de feo bigote que fue manufacturado en un país del cuarto mundo. ¡A tu tierra, el Gerald, a tus orígenes! La luz del Norte que es la que alumbra!” Me repetía cada noche antes de quedarme dormido…

sábado 1 de septiembre de 2007

La luz d' alante, la luz d' atrás (preludio)


Voy a contarles de cuando intenté escaparme para el Norte.

Han pasado muchos años desde esa fecha. La aventura fracasó. Hoy yo la veo como mi esfuerzo inconsciente de responder a la consigna de Marcus Garvey. Aquel era mi “Return to Africa”. Mi viaje a la semilla. La tierra llamándome desde su corazón podrido y mineral. Quizás también hubo algo de descenso por los infiernos.

En el onomástico: el 86. El santoral revolucionario lo bautizó como el de Rectificación de Errores y Tendencias Negativas. Las cosas no iban tan mal a decir verdad. El Mercado Centro – esa especie de Sears socialista y tropicalizado – y el Ten-Cent de Galiano y San Rafael estaban abiertos. Al concepto criollo de la “Merienda” no lo habían extirpado del régimen del día a día, ni se había convertido en helado casero de a 3 pesos, dispensado bajo la carpa de un timbiriche.

Yo no me podía quejar. Tenía las tres parrillas llenas; y en las gavetas casi siempre alguna que otra guanábana, para champolas que se servían en cuadritos de hielo, un poco antes de que el final de la tarde se colara por las persianas del fondo, refrescando la atmósfera.

El aguacate catalina estaba casi siempre listo a decorar la mesa. La doña lo servía en tajadas gruesas sobre mayólica (herencia de ancestros muy viejos llegados de la Península) y las desparramaba por entre hojas de lechuga y ruedas de tomate bajo un hilo de aceite.

Era una época distinta, caballero. Agonizante, es verdad, mas quizás por eso mismo decorada con todas las bambalinas y los fuegos artificiales que uno saca del armario para festejar el entierro de un monarca del Asia. En aquel entonces los billetes que traen impresa la cara de un prócer de bigote o de larga patilla Ud. todavía los podía intercambiar por una libra de jamón o un litro de leche. Un Don Máximo daba, al menos, para dos libras de carne. Y tres Pepes Ginebritas equivalían a un cartón de huevo. Después ya las cosas no serían así. Y los próceres de patilla se vieron remplazados por los señores de melena polvorosa, esos que edificaron las carreteras y los rascacielos de mi Patria Vieja, los George Washington y los Benjamin Franklin.

En la esquina de la casa teníamos el Mercadito; sobre su estantería se exhibían las últimas reliquias de lo que otrora había sido el CAME. Eran tiempos del jugo taoro y la leche condensada, del casquito de guayaba y la conserva búlgara, de la carne rusa y el quesito crema.


(cont.)

miércoles 29 de agosto de 2007

High Tech


Hoy me instalaron una Webcam en la puerta. No no no nó. No abra tanto esa jaiba que por ahí no va a desfilar una carroza. Cómo, ¿…que le asombra? ¿…que no entiende? El Gerald tampoco. Esta gente no tendrán un kilo para gastárselo en una libra del bistéqueque y hacerle una obra de caridá a los glóbulos rojos, vaya (a la compañerita Globina como le decimos, aquí, entre nosotros, cuando hay fiesta). Y Ud. ve que se la pasan llorando su miseria por to' los rincones, exprimiendo su pañuelito de lágrimas en la puerta del vecino, que si la deuda externa, que si el bloqueo, que si los muñequitos de nieve… pero de pronto, de la nada, les llueven unos fulanos (o unas donaciones, sabrá Ud.) ¿y en qué se los gastan? En una Webcam para instalársela en la puerta a la Refri …

Al principio me asustó la idea. Eso de tener un ojo extra que no olvida, y que la memoria no puede tergiversar. Un ojo ahí, despierto y atento a to’ los detalles. Un ojo sin párpado, y jilando a to’ el mundo, como el tal Saurón ese ¿sabe? el Señor de los anillos, que era un caballero de la Víbora que tenía los dedos llenos de anillo y como cinco cadena de oro en el cuello; cadena de esa que nadie te puede arrancar desde una bicicleta porque te cercena la mano y te deja así… con un muñón soltando la sangre…

… pero al rato me acostumbré (que a todo uno se acostumbra en este mundo) y me pasé to’ el día tomando videíto. Aquí les dejo un resumen de lo que vi con el ojo:

10:22 AM. Una mosca entró en cuadro y se posó sobre la mesa del comedor.

10:35 AM Llegó a la mesa una segunda mosca, y comenzó a revolotear así, como en zigzag, como tirando serpentina por los aire, con la primera.

10: 47 AM La segunda mosca, (que ya aquí uno se da cuenta de que era un consorte) se le encarama arriba a la primera mosca.

10: 47-10:54 (Lo que pasó en este intervalo es para mayores de 18, así que si no es su caso cierre la página y no siga leyendo) se trabaron las dos moscas en un besuqueo y dieron unos corcovos por los aires… y una de las moscas se comenzó a poner rojona y la otra verde y se agarraban así, con rabia, y no se soltaban, tirándose pa un lado y pal otro de la mesa, rebotando contra la fuente del centro, y más corcovos, zigzagueos, rebotes, hasta que se salieron de la lente…

11:02 – 12: 24 Aquí a quien tengo en foco es a la vieja de la casa, la abuela Irena, sentada junto a la ventana, dándose sillón. Movió una mano como a las 11:25, más o menos, y por ahí me percaté de que todavía respira…

Por la tarde vinieron unos yuntas del hijo de Georgina, la señora de la casa, y se pusieron a darle agua a un dominó. Lo que pasó a continuación lo “posteo” aquí para ustedes, que vale la pena echarle un ojo. Y mis respetos, caballero…





si tiene problemas para ver el video haga click aquí

lunes 27 de agosto de 2007

UN PRECURSOR


LOS "IDUS DE MARZO" NARRADOS POR EL LIMPIABOTAS CHICHO CHAROL Y ESCUCHADOS Y TRASCRITOS POR CABRERA INFANTE (CAIN)

"bueno sosio la cosa e quéte tipo Sesal no quié sel rey pero sí quiere o no quié pero sí quiere la corona que no e pa tanto poque no ejuna corona deoro ni de plata ni con joya ni ná ni ná sino queé de yelba así como de gajo emata y no sé polqué tanta bobá – que si se la pone que si se la quita quetán neneso como un siglo. Pero bueno la cosa e quéte otro tipo Casio quetá echándole un ojo malo o Sesal le está echando un ojo bobo a la coronita quél también la quiere aunque sea deoje perióquido y la etá jilando dede arriba así como diun baccón con colunna tra colunna y se sonríe así de medio lao y ejentonce que viene ete otro tipo Bruto su socio que no e tan bruto pero que luego enún final sí e batante bruto polque Sésal e como si fuera su padre como aquel que dice y lo lleva de veldá veldá y va heredal el reino un día desto. Pero ete Bruto lo que ase e que se pone a hablal bajito con Casio por lo rincone y a conpirás y Sesal que e de lo má vivo pero que depué se pase vivo, lo deja así y le da coddel como si no supiera ná pero él que sí sabe polque to el mundo lo sabe, a no sel que lo reye dante sean como algún marío que yo conoco que lo sabe tó el mundo pero él no sabe ná de ná. Bueno, la cosa e que Bruto lo sabe y la mujer de Sésal lo sopecha y lo sueña y lo saben lo senaore y lo sabe hattel gato, meno Sésal que sigue echando diccusso y pasiando parriba y pabajo envuetto en una sábana y sigue así tol santo día. Ejentonse cuando viene un tipo con barba con un rollo en la mano queé amigo dun brujo adivino que ya le dijua Sésal lo quiba pasal en lo jido de malso, que paese quejún me malo pa lo loco y la gente ida, y Sésal que nananina, que no entiende y cuando se le asecan lo malo nuase ná polque ante vio un goldo bajando tan campante lecalinata y Sésal tienetta cosa con lo goldo que disél que no hay que deconfiá dello sino de lo flaco, el pobre Sésal que no sabe quel perro goldo muelde má quel flaco polque está goldo y te coge así con la quijá fuelte fuelte y tiacaba. Pero ete Sésal sigue como si ná y palante y palante que se mete nel Senao quejuna cueva dia Libabá y su cincuenta ladrone y tá lleno de lambijquione que se tiran poel suelo y se arratran y siarrodillan delante de Sésal y lo jalan po la punta e la sábana pidiéndole puetto y botella y que le dé la nistía a uno pariente y con toesa jilera de pedigüeño Sésal como que no ve que viene lo malo de veldá y con qué intensione – ademá de la navaja que train eccondían la sábana. Bueno, la cosa e que lo acribilla napuñalá polque nese tiempo no se había inventao todavía lo tiro ni el revóvve, y lo cosen a cuchillá en su sábana, pero jutico ante de que se muera Sésal queé má duro quel mamo se da vuelta así de mediolao y se quea como de pesfil y entonse que vevení a suijo que no é suijo pero quél le dise suijo y entonces Sésal le habla como eneppañó y suijo que no dise nieta boque mía sino que le da tremendo cotte en la mima bolsel pan y pone la boca, lo labio así finito y loacaba, y Sésal se muere así envuetto en su sábana que paeso selvía también, y luego Malo Brando que nuase de malo sino de bueno pero que se tié quiaselel malo pa que no lo maten a él también y entonce Malo Brando calga a Sésal y se lo lleva palecalinata y mete un tremendo mitin disiendo quél no vino a enterral a Sésal sino a ponel-lo allárriba y abajo oyendol diccusso hay un burujón de gente quiaora que Sésal se murió lo quién má quiante y se fomma tremendo bochinche y deaí palante tó ejuna confusión y unenredo polque parese que hay guerra pero no se ve ni una sola pelea y deppué – qué pasa deppué? A, sí, que Bruto se muere y Casio queé casi má bruto que Bruto se mata cuando noetaba ni rodiao ni na el mimmo día de su cumpleaño que parese quejasí como se mataban lojantiguo, pa moril cuando nasiero, y hay otro diccussito má y siacabó lo que se daba y colorín colorao y a otra cosa mariposa. Qué Chévere, le doy tintarrápida o betún?"

domingo 26 de agosto de 2007

Graffitís

(a ritmo de bolero)

Ustedes seguramente han escuchado todos, alguna vez, esa canción cubana que es precursora de la Revolución Ecológica y del Movimiento de los Verdes (algo que no es lo mismo ni se escribe igual, como diría el trovador de Provenza). ¿Saben de cuál les hablo? La del árbol, chico (una Ceiba, por cierto) que está plantado en el medio del Parque de Trillo, cocinando su ensalada de pollo y verdura bajo el sol de las doce, con tres o cuatro palomas rabiches posadas por aquí y por allá… y el viejo sentado en el banco monologando con su sombra… cuando de repente se le aproxima tu colegiala típica de motonetas y saya de pionera ¿la están viendo? ¿y ya identificaron la canción?
... y entonces la niña se pone a raspar su nombre en la corteza del árbol (se llamaba Yusnalguis, sea dicho sin deshonra) y el árbol se conmueve y le deja caer unas florecitas, y la niña agarra su flor, se la prende en una hebilla del pelo… y se marchita por las de Villadiego ¿saben ya de qué hablo?

Bueno, pues yo últimamente me siento como ese árbol. Porque, caballero, la gente la ha cogido ahora con rayarme recaditos en la pintura: que si el Gerald esto, que si el Gerald lo otro. .. y a veces los recaditos no son ni para mi: “Oye, dile al Chichi que no se olvide de pasar a buscar el pan y el aceite antes de que le cierren la bodega”; “Oye, y que le deje caer unos verdes a la panadera por debajo del mostrador, a ver si nos suelta algo extra” (y que se sepa, compañeritos, que la panadera no es ecologista).

Pero no me malentiendan, no se trata de que me moleste que me cachareen la pintura; porque, después de todo, el aspecto chatarreril no hay quien me lo quite. Yo bien lo sé. Ahora mismo luzco mucho peor que un Moskovish después de cinco años de rodar por la Habana. Me veo más desmejorao que un edificio de Alamar a dos años de su estreno. Vaya, peor que la cara de un viejo sobreviviente de la neuritis, en el año 94.

Así que ráyeme la pinturita si se le antoja, pero no se olvide que el Gerald no es la Bodeguita del Medio.

Oye, brodercito, y ciérrame la puerta de una vez, compadre… mira pa eso, ya me jodiste una bisagra... Oye, chico, que tú lo que tienes es que ......... porque cuando tu mamá se entere ....

sábado 25 de agosto de 2007

Un Taita Posmoderno

Esta tarde estaba leyendo a Lezama Lima. Pa’ que no se diga, compadre, que el Gerald no le descarga a la alta cultura. Me metí por ese matorral, saque mi guámpara y comencé a cortar malezas. Y me he quedao maravillado, mi brother.

No se me asombre. Si lo piensa bien, el Gordo y yo tenemos muchísimo más en común de lo que Ud. se imagina. Preste atención y verá:

1) Yo soy cuadrado, grande y macizo ¿Y como era el Gordo de Trocadero, caballero? ¿No han visto una foto?

2) Yo soy un mueble de la cocina. Y el gordito era un mueble de la oficina Si no ¿por qué sus consorticos lo llamaban “el Anaquel con Patas”?

3) Para mi el mundo se puede reducir a una tajada fresca de fruta bomba aromándome los adentros, mmmmm… ¿Y cómo se piensan Uds. que veía ese Gordo al mundo, caballero? ¿Cómo un almacén con costales de azúcar prieta? No me joda.

4) El Gordo se sentaba a escribir ensayos. Y Ud. no está leyendo ahora mismito otra cosa que el Gerald ensayando y a fondoooou…

Eso sí, hay una diferencia capital: yo doy la vida por un Lagarto y, según me consta, el Lezamajo no le descargaba a la birra. Para él todo eran vinos franceses y mariconadas así.

En fin, que cómo les decía al inicio de la perorata, estaba leyendo hoy La Cantidad Hechizada, para ayudarme a destupir las tuberías. Ese es un texto miliunanochesco a muerte y cuando el brother se enfunda en una dialéctica mañosa, atuétate, que ni los santos…

...y de repente me di de cara con el párrafo que sigue:

“En sus ochenta años, el taita irradia como un monarca, su bastón es un espinazo de manjuarí, o en sus manos enarbola un gajo de naranjo. Aconseja, da la receta para cortar la fiebre y une el destino de los enamorados. Señala la llegada de las lluvias y el peligro de la calcinación por el rayo”.

Y después el tipo sigue, que si el taita esto y el taita lo otro, que si es un bolaísimo. ¿Y saben qué? Que ese soy yo: un taita posmoderno. Manufacturado en la yuma, reparado con piezas del campo socialista, paseado por las cocinas de 7 u 8 familias habaneras (una era de Bayamo, pero hace una bola de años), y dos comedores obreros y, finalmente, reconectado en esta cocina, con un fiñe que no me deja vivir, que me abre y cierra constantemente recalentándome los motores por gusto y todo el tiempo me amenaza, caballero. Pero debajo de este esqueleto de lata que Ud. ve aquí lo que hay es: sabiduría. Y de la buena, la que viene en frasco chiquito. La que no se vende en las boticas, vaya. He dicho.

jueves 23 de agosto de 2007

Scherezada en un Once Plantas

Pues bien. Estaba yo, aquí, donde me dejaron ustedes la última vez. Vacilándole el chasis a la mulatica del cinco… Cuando, de pronto, se me planta delante un fiñe, brother, con una camiseta rota que le llegada a las rodillas y la cara llena de moco. Yo lo miré de reojón; y el fiñe me mostró la cajetilla. Oye, brother, esos chamas tienen una sonrisa maliciosona que mete miedo. En un segundo se me calentaron las tuberías de la espalda del terror. Ahhhhhh!

Le dije, sin más: “¿Qué quieres, fiñe, heladito…? Pues vete a Copelia y llévate unos fulas, porque lo que tengo ahora mismo pa’ ti es agua hervida en reverbero y un pomo expirado de jarabe pal catarro en la gaveta de abajo. Oye, y la libra de pescao ni la toques que según tu mamá está comprometida hasta el viernes”.

El fiñe me miró con una cara de “¿Y pa’ qué coño tú sirves, entonces, social?” Vaya, me imagino que eso pensó, porque cuando abrió la boca fue para decir:

- “A que te desconecto”.

- “Oye, chama, no haga eso. Mire que el Gerald recién aterrizó aquí y ya comienza a cogerle el gusto a la cosa”. – Le dije pensando en ese cachito de felicidad que yo ya comenzaba a disfrutar: la brisa marina que entraba por el balcón de la sala, la vista del malecón al lado del Cohiba, la mulatica del cinco… Pero el chama miró el chucho en la pared y repitió el muy cabrón:

- “A que te desconecto”.

Aquí ya me puse medio farruco, pero el fiñe no entendía y estaba ya con el cable en la mano. Así que me inventé una artimaña y le dije:

- "Oye, chama, tú estás hambriento ¿eh? Y yo te entiendo, mi consorte. El Gerald te entiende muy bien. Pero no me vayas a aguar la fiesta, brothercito. Mira, yo no tengo dulce pa’ ti , pero te puedo contar una anécdota… ¿No sabes qué es una anécdota? Una historia, compadre, un cuentecito. Fíjate bien, si tú te estás tranquilito ahí y dejas de joder halándome el cablecito p’ aquí y p’allá, el Gerald te va a entretener por un rato y hasta se te va a olvidar que tienes hambre, mira tú. ¿Qué no me crees? Siéntate y escúchame bien…"

Le metí repertorio clásico infantil, que ni en tiempos de Tía Tata. Le conté el Cuento de la Buena Pipa, el del Ratoncito Pérez, Mami, dale tente allá, Hormiguita retozona, Vampiros de Buena Vista… Oye, y quién te dice que el chama le coge el gusto a la cosa y cada vez que termino una historia me pide otra. Y si me niego, adivinen con qué me amenaza el muy cabrón: me da sonrisa maliciosona y “a que te desconecto”.

Así que, prepárense, que lo que viene ahora es Las Mil y una Noches en Clave de Duro Frío. El Gerald se inspiró y en cada nueva historia le va la vida.

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miércoles 22 de agosto de 2007

Reconectado

Hoy me volvieron a conectar. Me lo sentí en el chasis como una sobredosis de epinefrina, brother. Y eso que era sólo una descarga de gas freón. El Freddy, como lo llamamos entre nosotros, de modo cariñoso. Para que no se nos ponga bravo, vaya. Lo que me puso ese consorte arriba fue coquito con mortadella. Yo estaba ahí, en mi desvancito, tranquilo, echando mi siesta… y de pronto… allá va… que sentí, muchacho, como que me vaciaban un cubo de agua arriba y alguien que me tiraba de las patas para sacarme de la cama. Habráse visto…

La verdad que si me aprietan no lo sé. No tengo ni idea del tiempo que dormí… Recuerdo que todo estaba bien oscuro, al inicio. Había varios cachivaches tirados por aquí y por allá, una linterna sin pilas, un guante viejo de pelota que parecía un colador de borras, una cómoda con las gavetas llenas de mierda…

Porque, caballero…, hay que decirlo… a los cubanos les encanta almacenar mierda… Ábranles cualquier gaveta y van a ver lo que digo: que si un mochito de lápiz con la goma mordida por acá; que si un bolígrafo sin tinta con el casquillo roto por allá; que si unas presillitas de pelo oxidadas; unas puntillas que se le zafaron a la suela de un zapato viejo, cualquier mierda. No botan nada…

Pero yo si que no me pongo bravo. No me malinterpretés, social. ¿Cómo lo haría? Me habrían botado a mi!! Y no lo hicieron. Me guardaron en ese desván por un chorro de años… Y mira tú; ahora que se les rompió la bartabia rusa esa que tenían, el Snaigé manufacturado en Lituania, me sacan a mi de la oscuridad, y sin siquiera tirarme una pinturita por arriba, me ponen aquí, a producir escarcha de nuevo.

Oye, que la vista no está nada mal desde esta ventana… Mira esa mulata del cinco, por tu madre… Oye niña, tú, la del cinco… Parece que no me oye. ¿Y para quién estoy hablando, entonces, mi brother? ¿Hay alguien ahí? Hey, hey ¿Hay alguien ahí? Estoy hablando solo parece…. Hey, hey...