“Come, my head’s free at last! said Alice in a tone of delight, which changed into alarm in another moment, when she found that her shoulders were nowhere to be found: all she could see, when she looked down, was an inmense length of neck. which seemed to rise like a stalk out of a sea of green leaves that lay far bellow her”Alice’s Adventures in Wonderland
“Mehr Licht!”
Pero de todo lo que más me inquietaba era la rajadura que descubrí en el fondo. Allí, entre la esquina izquierda y la derecha, había un tajo profundo y chapucero infligido en la carne del hierro por una mano invisible, durante una maniobra cuyo instante me resultaba imposible precisar. Como algunos de ustedes quizás recuerden, yo había permanecido inconsciente durante toda la última etapa de la fracasada travesía, y lo que sucedió entre la noche del lunes y el amanecer del miércoles, en la playa, eran tres páginas llenas de puntos suspensivos, la letanía borracha de algún sueño borroso, un espacio vacío que podríamos rellenar – como quien arma y desarma su rompecabezas más odiado – con las vicisitudes de cualquier naufragio…
El chofer de la grúa descendió de la cabina y se acercó a inspeccionarme. Luego de manosear en varios lugares y de hacer descender una cadena gruesa, volvió a arrancar el motor y accionó la palanca. Los ejes de las poleas crujieron al unísono implorando la compasión de una alcuza de aceite. El motor ronroneó como un felino con catarro, mientras la grúa empinaba su prepotencia fálica ante el grupo de bañistas que hacían ruedo para observar la escena.
- Mira, Nilo, ya se llevan el elevador – gritó un niño gordezuelo que se acercaba empanado en arena y escoltado por otros dos más chicos y menos gordos…
El segundo tirón que dio el brazo de la grúa me arrancó el techo de cuajo, que se quedó dando vueltas en el aire como un boomerang, amenazando con volarle la cabeza a cualquier curioso que observara la maniobra desde muy cerca. – ¡Adios, techo, sé bueno, pórtate bien. Y no te olvides de escribirme! De esta, Gerald, no te salva ni el mecánico chino! – deliraba, con el chasis demasiado embotado para experimentar algún dolor. El chofer de la grúa parecía contrariado con el resultado de la maniobra. Entre sus planes no estaba el de sacarme a pedazos de mi sepulcro de arena.
Para el siguiente intento necesitó la ayuda de un cincel. Abrió un hueco por un costado de la nevera y fijó el gancho asegurándolo con un alambre. El motor volvió a rugir. Rugió y rugió mientras los eslabones se tensaban y el brazo de acero se curvaba sobre el peso del armatoste. Las ruedas de la grúa estaban ahora atascadas. De manera que al girar, lejos de conseguir desenterrarme, me lanzaban una nueva lluvia de lodo encima, hasta sepultarme completamente bajo tierra.
La pieza de arriba se titula "Embalaje con destino al MOMA" y fue presentada por Juan Suárez Blanco en la Expo de los refrigeradores "Manual de instrucciones".





















Un "bongo" en el Almendares, 1897
Calle San Lázaro en el XIX





